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La Otra Esposa de mi Marido romance Capítulo 55

Volver a la casa de los Ibáñez era imposible.

Al aceptar casarse con la familia Domínguez, irse de la casa de los Ibáñez era su forma de dejar clara su postura. Y en cuanto a Gabriel, no le daría ni una oportunidad más de que la tocara.

Isabella decidió quedarse en el apartamento de Otilia. Gabriel las llevó.

Como Isabella mencionó que se le antojaban los cangrejos de río del Callejón de la Alegría, Gabriel se dispuso a conducir una hora hasta allá para comprarlos.

—Oti, ¿tú quieres? —le preguntó Isabella a Otilia a propósito.

Otilia de inmediato puso cara de desaprobación.

—Gabriel ha trabajado todo el día y está cansado. ¿Y todavía quieres que vaya tan lejos a comprarte cangrejos? No te preocupas nada por él.

—Tienes razón. ¿Estás muy cansado? —Isabella se volteó hacia Gabriel.

Gabriel la miró con adoración.

—Por ti bajaría las estrellas del cielo si me lo pidieras.

—Pues las quiero.

—¿No te da miedo que suba y ya no pueda bajar?

—Si eso pasara, cada noche podría verte al mirar las estrellas.

—Pero no quiero ser una estrella, quiero ser tu fiel sirviente.

—Me falta un perro.

—Guau, guau.

Esta «conversación romántica» colmó la paciencia de Otilia, que entró al apartamento con la cara desencajada.

—Oti, ¿te compro unos al ajillo? —insistió Isabella con entusiasmo.

—Como quieras.

Gabriel se fue. Isabella entró al apartamento y oyó un fuerte estruendo desde el cuarto de Otilia. Quién sabe qué habría roto.

Dos horas después, Gabriel regresó a toda prisa, temiendo que Isabella se hubiera dormido sin probar los cangrejos que le había comprado.

Otilia todavía estaba en el estudio modificando la propuesta. Isabella la llamó y le puso una caja de cangrejos al ajillo enfrente.

Isabella miró de reojo a Otilia. Seguía pelando cangrejos, fingiendo no escucharlos, pero el cangrejo que tenía en las manos ya estaba destrozado.

—Bueno, está bien —dijo Isabella, con un brillo en los ojos.

Media hora después, Gabriel estaba acostado en el suelo, frente a la puerta del cuarto de Isabella. Ella, como un acto de caridad, le dio una almohada, cerró la puerta y le echó el seguro por dentro.

Otilia, después de ordenar la sala, vio a Gabriel en el suelo, pero con una expresión feliz, y la envidia la consumió.

—¡Te trata así y no merece que la ames!

Al oír eso, Gabriel levantó la vista y la fulminó con la mirada.

—No importa cómo me trate Bella, yo la amo. Y más te vale que dejes de intentar sembrar cizaña, porque si no…

—¿Si no, qué? —preguntó Otilia, enojada.

—Mira, si te portas bien, podrás seguir siendo la señora Ibáñez. Pero si sigues con tus jueguitos, en cuanto nazca el bebé, me divorciaré de ti y te quedarás sin nada.

—¡Gabriel, ¿cómo puedes hacerme esto?! —Otilia tenía los ojos llenos de lágrimas.

***

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