—El señor pregunta si saliste con mucha prisa de tu casa —dijo él, frunciendo ligeramente el ceño.
—¿Qué… qué quieres decir?
—Traes el cierre de la espalda abajo.
Isabella entró en pánico e intentó subírselo, pero justo por eso no lo había logrado antes: no alcanzaba. Por más que se esforzó, fue inútil.
Justo cuando pensaba a quién pedirle ayuda, Jairo se giró hacia ella con el ceño fruncido.
—Date la vuelta.
Isabella tardó un momento en entender. Su primer instinto fue negarse, pero luego recordó que su objetivo esa noche era precisamente acercarse a Jairo. Rechazar su amabilidad sería contraproducente.
Así que, sin más, se dio la vuelta con toda la naturalidad que pudo.
En ese momento, las miradas sobre ellos se multiplicaron, volviéndose más agudas y curiosas. Ella enderezó la espalda, manteniendo una sonrisa serena y elegante.
Pensó que solo sería subir el cierre, pero este se había atorado con la tela. Jairo intentó varias veces sin éxito, así que tuvo que abandonar su postura relajada en la silla e inclinarse para examinarlo de cerca.
Sus dedos rozaban su piel, casi intencionalmente, y ella sintió un escalofrío.
Después de un buen rato, por fin lo logró.
—No vuelvas a usar ropa como esta —dijo él con un tono fastidiado.
—Ah —respondió Isabella, sintiéndose extrañamente regañada. Luego reaccionó. «¿Y este por qué me dice qué ponerme?».
Claro que no se lo dijo en voz alta.
—Señor Crespo, qué coincidencia volver a encontrarnos. De verdad que el destino nos une —dijo con una ligera sonrisa.
Jairo no le hizo caso. Se recostó de nuevo en su silla, cruzó la pierna izquierda y siguió jugueteando con un cigarro apagado que tenía en la mano.
Eran unas manos grandes, de nudillos definidos, que transmitían una sensación de fuerza. Isabella no pudo evitar mirarlas un par de veces.
—¿Aún recuerdas las indicaciones del doctor Estrada?
—¿Eh?
—Un remedio al día. Nada de alimentos fríos, picantes y, sobre todo, nada de alcohol.
—Yo…
Isabella se sintió culpable al instante. Aún no había empezado a tomar el remedio y tampoco había evitado nada de lo que le prohibieron.
Jairo la miró de reojo.

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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...