El rostro de Julen estaba lívido, cubierto de un sudor frío y abundante. Respiraba con dificultad, emitiendo un sonido ronco desde su garganta. Con una mano se apretaba el pecho y con la otra intentaba agarrar algo en el aire.
—¡Dame… dame las pastillas!
Ivana fingió sorpresa.
—Ay, papá, ¿qué le pasa?
—¡Medicina! —gimió Julen.
—¿Esta?
Ivana sacó el frasco de nuevo y lo agitó frente a la cara de Julen. Cuando él intentó arrebatárselo, ella lo esquivó, divirtiéndose como si jugara con un animal.
—Durante más de veinte años me dediqué en cuerpo y alma a esta familia. Rafael me ignoraba y yo no le reclamaba; usted tenía mil reglas absurdas y yo obedecía sin chistar. ¿Y qué recibí a cambio de todo mi sacrificio?
»Rafael me obligó a divorciarme, le dio todos sus bienes a Isabella y encima quería exponerme y echarnos a la calle. ¿Y usted? Decía que adoraba a Adri, que nunca dejaría que nadie la lastimara, pero a la primera le creyó a Isabella y la obligó a hacerse esa prueba. ¿Ese es su gran amor?
—Ivana… tú… —La respiración de Julen se debilitaba y su cuerpo empezó a convulsionarse.
—Sí, Adri no lleva la sangre de los Méndez, ¿pero de verdad importa tanto la maldita sangre? —gritó Ivana como una loca—. Podríamos haber seguido siendo una familia feliz, yo estaba dispuesta a cuidarlo hasta que se muriera de viejo, pero… ¡ustedes se empeñaron en destruir este hogar!
—¡Ustedes… son las culpables!
La mirada de Julen comenzaba a perderse. Sabía que ese era el plan de Ivana: matarlo de un coraje. Pero no se resignaba, no podía morir así.
—Ayu… ayuda…
—Ja, ¿no fue usted quien corrió a todos los sirvientes para que no se enteraran de sus trapos sucios? —se burló Ivana.
Julen recordó eso y el pánico lo invadió. Entonces vio a Adriana, su nieta adorada. Ella no dejaría que él muriera.
—Adri… rápido… dale las pastillas al… abuelo…
Adriana, al ver que Julen le suplicaba, desvió la mirada con culpa. Recordó todo el cariño que el anciano le había dado y sintió que el corazón se le estrujaba.
—Mamá, aunque yo no sea su nieta de sangre, él no me echaría a la calle. ¡Dale la medicina, por favor, dásela al abuelo!
Ivana empujó a Adriana con frustración.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...