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La Otra Esposa de mi Marido romance Capítulo 664

—¿Entonces por qué mientes diciendo que sí?

—¿Te la pasas mintiendo todo el día?

Carlota quería llorar, pero se mordió el labio inferior para aguantarse. En ese momento, la maestra pidió a los alumnos y padres que regresaran a sus asientos; el juego de adivinanzas había terminado.

—Yo todavía no participo, ¿cómo que ya se acabó?

Con esa frase lanzada al aire, entró Víctor con cara de pocos amigos. Vestía pantalones casuales negros y una chamarra de cuero, con el cabello peinado hacia atrás. Su rostro, excesivamente atractivo y afilado, llamaba la atención de inmediato.

La maestra se quedó pasmada un momento.

—Disculpe, ¿usted es papá de quién?

Víctor barrió el lugar con la mirada hasta encontrar a Carlota en el rincón y le alzó una ceja.

—¿Quién arrumbó a mi hija en la esquina?

La maestra miró a Carlota.

—Ah, usted es el papá de Carlota.

Aunque seguía enojada, Carlota corrió hacia él al verlo.

—¿Por qué llegaste tan tarde?

Víctor soltó una tos seca.

—Esta pinche escuela está bien difícil de encontrar, se me fue el tiempo.

—¡El caso es que llegaste tarde!

—Está bien, llegué tarde, ¡te pido una disculpa!

Carlota era fácil de contentar. Al escuchar la disculpa de Víctor, se le pasó el enojo de inmediato y le pidió a la maestra que los dejara jugar a las adivinanzas.

El juego comenzó y Carlota se metió en su papel al instante. Miraba la palabra y le hacía señas a Víctor con desesperación.

Víctor la veía mover la cabeza y el cuerpo de un lado a otro y le parecía adorable, pero su naturaleza traviesa le ganaba y quería molestarla un poco, así que fallaba a propósito. La niña gordita se desesperaba tanto que se rascaba la cabeza, y entre más fallaba él, más se angustiaba ella, hasta que se le puso roja la cara, la nariz y los ojos.

—¡Lo estás haciendo mal a propósito! ¡Me voy a enojar! —gritó Carlota.

Al ver que la niña estaba a punto de llorar de verdad, Víctor se apresuró a dar una respuesta correcta. La pequeña cambió de tormenta a día soleado en un segundo y sonrió con una alegría inmensa.

Después de eso, Víctor contestó en serio. Ni él mismo entendía cómo era que estaba jugando a algo tan aburrido con una niña.

—¡Guau, el señor es muy bueno!

Al acertar otra, Carlota le levantó el pulgar a Víctor.

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