Esas palabras eran su carta de triunfo. Esther no las usaba seguido, pero cada vez que lo hacía, Facundo cedía y se sentía culpable.
Pero esta vez, Facundo solo sintió fastidio.
—¡Si eso piensas, no puedo hacer nada!
Dicho esto, se levantó para irse.
Esther lo abrazó por la espalda.
—Facundo, sabes que te amo, ¿ya no me quieres?
—Solo estoy cansado, ¿no puedes dejarme descansar?
—Yo... yo te puedo acompañar.
—No hace falta.
—Entonces no te molesto, dormiré en el cuarto de huéspedes.
Facundo no dijo nada más y subió las escaleras.
Al ver que la dejaba ahí plantada, Esther apretó los dientes con rabia. Sabía que en cuanto Floriana apareciera, la actitud de Facundo cambiaría.
No, tenía que hallar la forma de obligar a Floriana a irse.
Al día siguiente, Esther se levantó temprano para preparar el desayuno.
Cuando Facundo bajó, ella terminaba de poner la mesa.
—Facundo, hoy no trabajo, te acompaño a la empresa.
Al ver a Esther con el delantal sirviendo los platos, Facundo tuvo un momento de déjà vu. Recordó que Floriana también cocinaba de vez en cuando y siempre presumía sus platillos.
La verdad es que cocinaba horrible, pero no dejaba que él se quejara y lo obligaba a acabarse todo.
—Mejor aprovecha el tiempo para estar con tu hija —dijo él con indiferencia.
La sonrisa de Esther decayó un poco.
—Está bien. Rocío quería ir al parque de diversiones, la llevaré hoy.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...