—Pero tú renunciaste a mí.
«Pero tú renunciaste a mí...»
Isabella sintió esas palabras como un golpe directo al corazón. ¿Qué pensaba en ese entonces? ¿Por qué se rindió tan fácil?
Quizás fueron las innumerables noches viéndolo insomne, saliendo a fumar para no despertarla. Quizás fue ver cómo dejaba de comer y su espíritu se apagaba. O tal vez fue aquel día en la azotea, cuando el mundo se le vino encima pensando que él saltaría...
Por eso se rindió. Pidió el divorcio y se fue, ignorando sus súplicas.
En seis años nunca se arrepintió, hasta ahora.
Si hubiera aguantado un poco más, tal vez lo habría ayudado a salir del abismo.
—Perdón —fue lo único que pudo decir.
—Pero te amo.
El corazón de Isabella recibió otro impacto brutal. Lo miró con los ojos temblorosos.
Jairo dio una calada profunda al cigarro, lo tiró al suelo y lo aplastó con el pie. Se acercó hasta quedar a un paso de ella.
—Por más que te odie, mi amor por ti nunca desapareció. Así que, Isabella, ni sueñes con huir otra vez. Quédate quieta en Nublario y, si sientes culpa, ¡empieza a compensarme!
Jairo esbozó una media sonrisa y entró a la casa.
Amor y odio entrelazados, así se sentía.
Isabella estaba confundida. Sabía que se había equivocado, pero debía preguntarse: ¿aún amaba a Jairo? Si lo amaba, ¿debería intentar recuperarlo? Y si lo hacía, ¿tenía la certeza de que ambos serían felices?
Facundo fue a beber con Thiago Flores. Tomó bastante, pero no llegó a emborracharse por completo. Al llegar a casa, Esther salió de la sala y lo sostuvo.
—¿Por qué tomaste tanto?
Facundo la apartó.
—No estoy borracho.
Sus pasos eran inestables, pero logró sentarse en el sofá. Esther le sirvió un vaso de agua.
—¿Le digo a la empleada que te prepare algo para el estómago?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...