—Me porté mal antes, te pido una disculpa.
—Amor, ¿de verdad vas a dejar que duerma en el cuarto de huéspedes? Déjame entrar, por favor, quiero abrazarte.
Solo de pensar que ese hombre acababa de estar con Otilia y ahora quería que ella se acostara con él, a Isabella le dio un asco terrible.
—Estoy cansada, lo que sea que tengas que decir, lo hablamos mañana.
—Pero, amor, llevo una semana sin abrazarte. ¿A poco no tienes ganas de mí?
Isabella sintió tantas náuseas que casi vomitó.
—¿No eres de los que obedecen a sus papás? ¡Pues entonces duerme con ellos esta noche!
Hubo un silencio afuera, y luego se escucharon pasos que se alejaban.
Gabriel era muy orgulloso. Antes, cuando tenían diferencias, ella casi siempre cedía.
Si discutían, la mayoría de las veces era ella quien daba el primer paso para reconciliarse.
Realmente amaba a Gabriel…
Ja, ahora todo le parecía ridículo.
Isabella dijo que iba a descansar, se acostó y cerró los ojos, como si de verdad se hubiera dormido.
Pero Otilia fue muy cautelosa. No fue hasta bien entrada la madrugada que salió de puntillas del clóset.
Probablemente por haber estado tanto tiempo encerrada, tenía las piernas muy entumecidas y casi se cae.
Se tapó la boca para no hacer ruido, caminó encorvada hasta la puerta y la abrió con sumo cuidado.
Cuando la puerta se cerró, Isabella abrió los ojos.
***
En la pequeña sala del segundo piso, Diana ayudaba a Otilia a sentarse mientras le masajeaba las piernas con cara de preocupación.
—Mi niña, te hice sufrir. Quién iba a pensar que regresaría de repente —dijo Diana, y soltó un bufido.
—No te preocupes, mamá, estoy bien.
Aunque decía eso, Otilia se frotó el vientre, como si sintiera alguna molestia.
Al verla así, Diana se alarmó.
—¿Le pasa algo a mi nieto? ¿Quieres que vayamos al hospital?
—No pasa nada, de verdad. Se me pasará en un momento —dijo Otilia dócilmente.
—Esa Isabella siempre es tan odiosa. ¡Si a mi nieto le pasa algo, juro que le arranco la piel!
—Ya basta. En este momento, es mejor no provocarla —dijo Raúl desde el sofá de enfrente.
—¡Pero Otilia es la verdadera nuera de la familia Ibáñez! Y más ahora que está embarazada. ¡No puede ser que siga viviendo fuera, mientras una impostora ocupa su lugar!
—Es temporal. En cuanto se firme el contrato con el Grupo Domínguez, la echaremos.
Diana resopló.
Los padres de Gabriel miraron a Otilia con aprobación y admiración, un trato muy diferente al que le daban a Isabella.
Isabella, recargada en la pared del pasillo, no podía creer lo que oía.
«¿Estamos en el siglo veintiuno? ¿Cómo es posible que gente moderna piense en tener a dos mujeres para un solo hombre?».
No, no solo lo pensaban, lo estaban haciendo.
Cielos, ¿en qué clase de familia se había metido?
Uno, dos, tres… ¡Estaban todos locos!
—Pero la panza de Otilia crecerá día a día, me temo que no podremos ocultárselo a Isabella por mucho tiempo —dijo Diana, preocupada.
Raúl lo pensó un momento.
—La mandaré a trabajar a otra ciudad por un tiempo.
***
Esa noche, Isabella estaba tan furiosa que no pudo dormir.
A la mañana siguiente, apenas bajó las escaleras, vio a Gabriel entrar con un enorme ramo de rosas.
—Amor, qué hermosa te ves recién levantada.
Le entregó las rosas y luego la rodeó por los hombros para besarla, pero Isabella lo esquivó.
***

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...