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La Otra Esposa de mi Marido romance Capítulo 8

—¿No te cambiaste de ropa anoche? Hueles a sudor.

Anoche había llevado a Otilia a casa. Seguramente se quedó con ella hasta el amanecer, compró las rosas de camino a casa y ahora intentaba calmar la pizca de culpa que quizá sentía.

—¿Ah, sí? —Gabriel se olió la ropa—. ¡Ah, claro! Es que anoche me fui hasta las afueras de la ciudad, a un vivero, para esperar a que abrieran y comprarte las rosas más frescas.

Isabella tuvo ganas de poner los ojos en blanco.

Esas flores eran claramente de la florería de enfrente; el papel de regalo todavía tenía el nombre de la tienda.

No lo delató. En su lugar, le dedicó una sonrisa dulce.

—Gracias, mi amor.

—Espérame un momento. Subo a darme un baño y te llevo a un lugar —dijo Gabriel.

—Pero hoy tengo que ir a la oficina.

—La oficina puede funcionar sin ti, pero nosotros hace mucho que no tenemos una cita.

—Pero hoy…

—Espérame.

Antes de que Isabella pudiera decir algo más, Gabriel ya había subido las escaleras.

Mirando su espalda, Isabella torció los labios. Estaba claro que intentaba retenerla para que no fuera a trabajar.

«Perfecto. Sigamos el juego. A ver qué nuevo truco se les ocurre».

***

Una hora después, Gabriel conducía por los callejones de una zona antigua de la ciudad.

Decir que el lugar tenía un encanto pintoresco era ser generoso; la verdad era que las construcciones improvisadas eran un desastre.

La higiene era deficiente y el tráfico, un caos.

Pero hacía tres años, ellos vivían aquí.

En ese entonces, ella no sabía quién era Gabriel en realidad. Ambos trabajaban en el departamento de proyectos del Grupo Triunfo, ganaban un sueldo normal y, para ahorrar, habían alquilado un lugar en esta zona vieja, lejos de la oficina.

Un departamento de una recámara por ochocientos pesos al mes.

Por este mismo callejón desordenado habían corrido incontables mañanas, de la mano, bajo los primeros rayos del sol, como si no corrieran hacia un día de trabajo agotador, sino hacia un futuro maravilloso.

En ese momento, ella realmente lo creía así.

Luchaba por establecerse con Gabriel en esta ciudad, por comprar una casa propia, y cada día se sentía llena de energía.

El carro se detuvo. Gabriel la tomó de la mano y entraron a un edificio que daba a la calle.

No había elevador, solo escaleras. El pasamanos estaba cubierto por una capa de grasa acumulada durante años, y las paredes, desconchadas, mostraban grandes trozos de pintura caída.

Capítulo 8 1

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