Solo había una persona tan generosa y extraña a la vez: el acaudalado señor Domínguez.
Isabella no se molestó en preguntarle por qué le enviaba dinero a mitad de la noche; seguro le daría una respuesta absurda.
Dejó el teléfono a un lado y volvió a acostarse.
A la mañana siguiente, Isabella se levantó temprano y salió a correr. Al regresar, encontró a Gabriel sentado en el comedor. Cuando la vio, le lanzó una mirada gélida.
«¿Y este qué hace en mi casa?».
—¡Ay, Bella! Pensé que seguías dormida, por eso no te preparé el desayuno —dijo Otilia saliendo de la cocina con dos tazones de sopa, fingiendo sorpresa al verla.
—Coman ustedes, no tengo hambre —respondió Isabella, subiendo las escaleras.
—¿Recuerdas lo que te dije anoche? —le gritó Gabriel.
Isabella soltó una risita. Claro que lo recordaba, perfectamente. El problema era si él lo recordaba.
—¡Sacaré adelante el proyecto de Grupo Domínguez y te demostraré que no soy un inútil!
—No tienes que demostrarme nada.
—¡El día que se firme ese contrato, será el día de nuestro divorcio!
Esa frase era aún más ridícula. Si no estaban casados, ¿de qué se iban a divorciar?
Isabella lo ignoró y siguió subiendo.
—¡Isabella, te vas a arrepentir!
Isabella llegó a su cuarto, se duchó y se encerró en su estudio. Tomando en cuenta las sugerencias de Luna, replanteó el concepto del centro comercial de Grupo Domínguez y comenzó un nuevo borrador del diseño para que encajara con el plan general de la calle comercial de Grupo Crespo.
Estuvo tan concentrada que no se dio cuenta de que ya había anochecido hasta que su estómago empezó a rugir de hambre.
Otilia no había vuelto, así que su servicio de cocinera no estaba disponible. Tuvo que pedir comida a domicilio. Mientras esperaba, pensó en cómo acercarse a Jairo. Devolverle el saco era una opción, pero después de lo de anoche, dudaba que quisiera verla.
De repente, se le ocurrió una idea. Buscó el número de Ignacio y lo llamó.
—Señor Rodríguez, soy Isabella.
—¡Señorita Quintero! ¿En qué puedo ayudarla?
—Anoche, el señor Crespo me prestó su saco y quisiera devolvérselo, pero no tengo su número.
—¿Ah, sí?
—¿Podría dármelo?
Jairo le lanzó una mirada de fastidio.
—¡No te metas donde no te llaman!
Ignacio se quedó sin palabras. La forma en que esa pareja se relacionaba era digna de estudio.
Antes de que pudiera seguir reflexionando, varias mujeres vestidas de forma llamativa entraron al privado. Sus alarmas se encendieron de inmediato y, al ver que una se dirigía directamente hacia Jairo, la detuvo.
—A él no lo pueden tocar.
Jairo era muy especial con las mujeres. Solo las que él aprobaba podían acercársele; las demás no tenían ese privilegio.
Jairo encendió un cigarro y se lo llevó a los labios. En ese momento, su teléfono vibró. La mujer lo había agregado. Le envió un emoji adorable dando vueltas.
Pensó en bloquearla, pero para eso tenía que aceptar la solicitud primero. Decidió simplemente ignorarla.
Isabella no se decepcionó. Después de todo, su comportamiento de la noche anterior había sido bastante inapropiado; era comprensible que Jairo no la perdonara. Pero estaba segura de que, con perseverancia, lograría convencerlo.
Con ese pensamiento, recuperó el ánimo.
La comida a domicilio no podía entrar al fraccionamiento, así que Isabella tuvo que ir a la entrada a recogerla.
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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...