—¿Y a mí qué me importa si vives o mueres?
—¡Helena, cómo puedes tener el corazón tan duro!
—Pues así lo tengo, ¿y qué?
Regina dejó la copa de vino, bajó la cabeza y comenzó a llorar.
—Cariño, hazlo por mí, dale una oportunidad —dijo Sebastián frunciendo el ceño.
—Sebastián, no me gustan las tonterías ni que me den vueltas. Como te dije ayer: en la empresa, o se queda ella o me quedo yo. Tú eliges.
—Helena, ella ya te pidió perdón, ¿qué más quieres? —rugió Sebastián.
Helena sonrió con amargura.
—¿Así que me gritas por defenderla a ella?
—Yo... yo se lo prometí a mi maestro...
—Deja de mencionar a tu maestro. Fui a visitarlo hace unos días y me dijo que nunca te pidió que cuidaras a Regina. De hecho, piensa que a ella le falta capacidad y no tiene los pies en la tierra, ¡que no es apta para entrar en nuestra empresa!
Sebastián se quedó rígido.
—¡Cómo te atreves a desconfiar de mí e ir a preguntarle a mi maestro!
—Yo...
—Llevamos ocho años de casados, y con eso que hiciste, todo mi esfuerzo parece un chiste. ¡Me has decepcionado mucho!
Isabella se llevó la mano a la frente. Sebastián tenía un talento natural para voltear las cosas y hacerse la víctima; seguramente no era la primera vez que manipulaba a Helena así.
—No es que desconfíe de ti, es solo que...
—¡Los hechos demuestran que no eres digno de confianza! —interrumpió Isabella, cortando la explicación que Helena iba a dar.
En momentos así, el que da explicaciones es el que pierde.
—Estamos hablando entre esposos, ¡esto no le incumbe a una extraña! —gritó Sebastián, perdiendo la compostura contra Isabella.
Isabella parpadeó con inocencia.


Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...