Regina no tenía ninguna intención de matarse bebiendo. Después de terminar una botella, fingió estar borracha y se dejó caer en los brazos de Sebastián. Él se apresuró a sostenerla y, cuando ella hizo el amago de seguir bebiendo, la detuvo.
—Tienes mal el estómago, no puedes beber tanto.
Regina sollozó:
—Pero Helena... ella todavía no quiere perdonarme...
—Ella ya te perdonó.
—¿De verdad?
—Sí.
—Sebastián, ¿cuándo dije que la perdonaba? —cuestionó Helena con voz fría.
Sebastián suspiró profundamente.
—Yo la perdoné en tu nombre.
—¿Y tú quién te crees para hacer eso?
—¡Soy tu marido y también tu jefe!
—¿Y quién me obliga a perdonarla, mi marido o mi jefe?
Sebastián guardó silencio un momento.
—Desde el punto de vista de la empresa, considero que Regina es competente en su trabajo, así que no permitiré que nadie abuse de su poder para despedir a una joven trabajadora y con futuro. Como tu esposo, espero que mi mujer sea razonable, de mente abierta y capaz de tolerar a las personas que me rodean.
Helena se puso de pie, mirando a su esposo que abrazaba fuertemente a otra mujer frente a sus narices, y dijo con decepción:
—Sebastián, no eres un buen jefe y mucho menos un buen esposo. Voy a renunciar y también quiero el divorcio.
Sebastián se sorprendió de que Helena se atreviera a mencionar el divorcio.
—Tú... ¿sabes lo que estás diciendo?
—¡Quiero divorciarme de ti!
Al ver que Helena parecía hablar en serio, Sebastián entró en pánico.
—No estoy de acuerdo. No tenemos ningún problema, nunca he hecho nada para lastimarte, ¡no tienes motivos para divorciarte! No lo acepto, ¡ni sueñes con dejarme!

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...