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La Otra Esposa de mi Marido romance Capítulo 749

—¡No me estén chingando!

Víctor intentó quitarse la mano del hombro, pero el agarre era férreo y le causó dolor. Ya de por sí furioso, Víctor se levantó de un salto y lanzó un puñetazo sin siquiera mirar quién era.

Pero el golpe fue interceptado con firmeza por la persona a su espalda. Fue entonces cuando vio de quién se trataba.

—¿Cómo...? ¿Eres tú? —Al ver a Jairo, Víctor sintió un repentino ataque de culpa.

Jairo lo miró con frialdad, lo obligó a sentarse de nuevo y luego barrió con la mirada a los presentes. Todos reconocían a Jairo; algunos, sabiendo a lo que se atenían, bajaron la cabeza, pero otros, jóvenes y arrogantes, quisieron provocarlo.

—Vaya, llegó el señor Crespo. ¿Quiere jugar un rato? —dijo un joven de unos veinticinco años, con un cigarro en la boca y actitud de matón.

Alguien a su lado intentó advertirle que no fuera tan insolente, pero a él le valía madre.

—El señor Crespo es una figura importante, no creo que se ponga al tú por tú con nosotros, que somos unos simples mortales. Pero ya que está aquí, si no vino a jugar, ¿vino a arruinar la fiesta? Porque si es así, incluso los gatos callejeros saben arañar cuando los acorralan.

—¿Usted es... el joven Márquez? —preguntó Jairo arqueando una ceja.

Fabián Márquez soltó una risita burlona.

—No esperaba que alguien tan importante como el señor Crespo me reconociera.

—El mayordomo me comentó algo al entrar. Pero no importa, después de esta noche, te voy a recordar muy bien —dijo Jairo con una sonrisa leve que helaba la sangre.

Fabián apretó los labios. Esas palabras sonaron demasiado siniestras.

—¿No será que el señor Crespo tiene miedo de que el señor Víctor pierda demasiado y la familia Crespo no pueda pagar?

—¿Tú qué crees?

—Creo que el señor Crespo no es de los que se asustan por dinero.

Al ver que Fabián seguía provocando a Jairo sin medir el peligro, los demás empezaron a sudar frío. Algunos le decían a Víctor que mejor lo dejaran ahí, otros decían que estaban cansados, y unos más guardaban los pagarés queriendo irse.

—Quietos.

Jairo lanzó una mirada y los que ya se habían levantado volvieron a sentarse apresuradamente.

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