Víctor tiró una carta, Fabián la tomó para armar su juego, luego Fabián tiró otra y el siguiente se la llevó.
Jairo miró a Lola, y ella se apresuró a explicarle la variante del juego que estaban usando, donde se permitía robar cartas desechadas para formar tercias y corridas.
Víctor no lograba armar nada, pero robó una buena carta del mazo. Justo cuando se sentía confiado y lanzó una al centro, el de al lado se la ganó para cerrar un juego especial.
Después de eso, los otros tres no pararon de armar jugadas y bloquearlo. La sonrisa de Víctor se borró rápidamente.
Cuando tiró una carta con sumo cuidado, Fabián la tomó y declaró su victoria.
—¡Mierda! —Víctor estuvo a punto de voltear la mesa—. ¡No puede ser, me lleva la chingada! ¿Cómo puedo tener tan mala racha? ¡Sigan repartiendo!
Para seguir, tenía que firmar otro pagaré. Víctor firmó uno para cada uno de los tres. Ni siquiera miró las cifras, como si estuviera firmando servilletas.
Lola hizo cuentas: en esa sola ronda, Víctor había perdido tres millones.
Excepto Fabián, los otros dos intentaron disuadir a Víctor de nuevo, pero él ya estaba cegado por la furia del juego y amenazó con romperle las piernas al que se atreviera a retirarse.
—Señor Crespo, ya lo oyó. No es que nosotros queramos seguir, es el señor Víctor quien insiste. Deje de mirarnos así y mejor aconseje a su hermano.
Jairo le lanzó una mirada a Fabián y esbozó una mueca sarcástica, pero no dijo nada.
Comenzaron la siguiente partida. Jairo salió un momento a hacer una llamada. Poco después, los jóvenes que estaban detrás de Fabián salieron uno tras otro a contestar sus teléfonos y ya no regresaron.
Al principio, los tres jugadores no notaron nada, pero luego sintieron que algo andaba mal.
Esta vez, Víctor tenía muy buenas cartas, pero a diferencia de la ronda anterior, no sufrió el bloqueo coordinado de los otros tres. Cuando estaba a punto de ganar, sintió que el corazón se le aceleraba. Justo en ese momento, el de al lado tiró una carta. Al principio Víctor no podía creerlo, pero luego golpeó la mesa con fuerza.
—¡Gané! ¡Juego!
La cara de Fabián se oscureció. Le hizo una seña al mayordomo que estaba en la puerta. El hombre salió y regresó enseguida para susurrarle algo al oído. La expresión de Fabián se tornó horrible.


Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Otra Esposa de mi Marido
Porque no me deja seguir leyendo, compre monedas y cuando llego al 608, ya no me deja...