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La Otra Esposa de mi Marido romance Capítulo 752

En un par de movimientos, Víctor terminó en el suelo, recibiendo una lluvia de golpes y patadas. Cada golpe iba directo a la carne, cada patada buscaba el hueso; Jairo parecía tener la intención de matarlo allí mismo.

—¡Jairo! ¡Tú... espérate cabrón! ¡Aunque me muera voy a regresar para jalarte las patas!

Jairo le soltó una patada directo en el estómago, haciendo que Víctor gritara de dolor.

—¿No querías Grupo Crespo? Te lo di. ¿Y en lugar de estar en la empresa dirigiendo, estás aquí jugando cartas?

Dicho esto, Jairo le dio otra patada.

Víctor señaló a Jairo con dedo tembloroso, tan adolorido que ya no podía ni insultarlo.

—¿Qué te importa a ti lo que yo...? ¡Ahhh...!

—Víctor, desde niños siempre fuiste una basura ante mis ojos. Eres como el lodo: por más que intenten pegarte a la pared, te caes. Con esto te debe quedar claro que eres un inútil. Así que lárgate de Grupo Crespo. Y de paso cámbiate el apellido, porque la familia Crespo no va a pasar vergüenzas por tu culpa.

—¡Jairo! —Víctor se levantó de un salto, sacando fuerzas de flaqueza, y lanzó un último golpe desesperado, pero falló y terminó cayendo al suelo de manera patética—. ¡No soy basura! ¡No soy un inútil! ¡Ya verás, haré que te tragues tus palabras y que te arrodilles a pedirme perdón!

Jairo esbozó una sonrisa casi imperceptible.

—Tienes tres meses. Si sigues sin dar el ancho en tu puesto, te reemplazaré. Y cuando eso pase, te mandaré al extranjero a vivir como un indigente.

Sin decir más, Jairo se dio la vuelta y salió.

Lola miró a Víctor una última vez y, mientras seguía a Jairo hacia la salida, llamó a una ambulancia.

Llevaba años trabajando con Jairo y había visto de todo, pero era la primera vez que lo veía golpear a alguien con tanta saña, y nada menos que a su propio hermano. Aunque, para ser justos, ese hermano era un caso perdido: apenas llevaba un mes al frente de Grupo Crespo y ya había convertido la empresa en un caos, poniéndola al borde del colapso.

—Señor Crespo, la familia Márquez y las otras dos familias me llamaron para hablar con usted.

—Diles que si tienen algún asunto, lo traten con Víctor.

—Ya se los dije, pero insistieron en que le diera un mensaje.

—¿Entonces...?

—Vine, y así él pudo recuperar su dinero.

—¿Pero cuál es el sentido de hacer todo esto?

Jairo curvó los labios ligeramente.

—Simplemente fue a la oficina unos días, se dio cuenta de que la silla le queda grande, pero le daba demasiada vergüenza admitirlo. Buscó esta forma para que yo lo corriera.

Lola hizo una mueca. Tenía sentido.

No era la primera vez que Víctor gritaba frente a una montaña de documentos: «¡Seguro Jairo me tendió una trampa! ¡Ese tipo es una mierda!».

Jairo entrecerró los ojos. Los insultos de hace un momento, llamándolo basura e inútil, fueron para picarle el orgullo. No había otra opción; Grupo Crespo era demasiado grande y él no podía sostenerlo solo. Víctor tenía que entrar al quite.

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