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Me perteneces, pequeña romance Capítulo 30

CAPÍTULO 29

Aquí voy yo de nuevo.

Estoy sonriendo como una buena estúpida desde el día de que llegué feria con Sergei, es que aún tengo tan presente la manera en cómo me defendió de ese par de idiotas que intentaban molestarme. Me remuevo de un lado hacia otro de mi cama y debo morder mi almohada para no gritar como una demente y los vecinos terminen reportándome por escándalo en el edificio. He pasado días horribles. Algunos solo quería rendirme en contra de mí misma; pero el italiano me devolvió las ganas de vivir mi vida al menos estoy creyendo que soy alguien normal.

Me cubro con mi bata de dormir y mi piel se eriza apenas mis pies descalzos tocan el frío piso. Camino hasta mi baño y respiro hondo para hacer lo que hago todos los días y haré hasta que muera. Me miro en el espejo en donde guardo mis medicamentos y elevo la comisura de mis labios al saber que he cambiado un poco. Mi cabello está más largo que la última vez que lo vi con tanto detenimiento.

Abro la caja de primeros auxilios y saco el bote con las pastillas que debo tomar; aprieto el borde del lavamanos porque desearía no tener que hacer esto nunca más, pero al menos no he tenido depresión por meses o cambios bruscos de humor. Deslizo la pequeña capsula por mi lengua y cierro los ojos cuando cuece mi garganta. Creo que hago todo esto no solo por mí, si no también por él.

—Eres patética, Dara Smirnov—me digo a mí misma—Estás cosas no son para siempre y cuando termine estarás jodida—las palabras salen sin previo aviso de mi boca. Cierro la caja para alistarme y así irme hacia la casa de mis abuelos, hoy estamos solicitados para pasar un tiempo con Miguel ya que tenemos días sin tener alguna actividad conjunta en familia.

Observo el coche que Sergei me regaló y decido usarlo el día de hoy, me acomodo la falda de cuero corta que me he puesto antes de subirme al vehículo. El día está precioso y el sol brilla más que nunca. Esperen ¿Desde cuando el sol es hermoso? ¿Desde cuando me parece un día bonito? Me río por lo estúpida que he sonado. Toxic de Britney Spears suena a todo volumen y por primera vez en mi vida veo todo con otros ojos.

Canto a todo pulmón sabiendo que nadie me está escuchando o eso creí hasta que veo a un tipo en una moto mirarme fijamente. Este me hace una seña de adiós con las manos y entierro la cara sobre el volante por la pena que acabo de pasar. Agarro mi bolsa apenas llego a la propiedad Smirnov y lo primero que me encuentro es al tío Ethan que me abre los brazos para que corra hasta él.

—¿Cómo está mi princesa?—me da un beso en la frente para acto seguido mirar mi nueva adquisición—¿Ese no es el nuevo lambo? ¿Cómo lo conseguiste?—pregunta extasiado viendo el coche—Pensé que solo habían pocos fabricados y Sergei era uno de los dueños, pero me alegro que lo hayas conseguido; yo no puede—emite un llanto falso.

—Es solo un carro, tío, no es el fin del mundo—le suelto intentando ignorar lo que está sucediendo y claro que no es solo un coche. Este vehículo solo puede ser adquirido por gente poderosa.—¿Ya llegó el resto de familia?—asiente y salgo corriendo hacia dentro cuán niña pequeña. Chaina y Maya alzan las manos y me dirijo a ellas apenas las visualizo. El tío Izan me da un beso en la mejilla, saludo a mi tía Gabrielle, a mis primos y demás tíos. Los Russo no están aquí.

Me siento al lado de la abuela—¿Cómo va la universidad, tesoro?—abro los ojos por la pregunta de Victoria. Mi madre baja la cabeza y se tapa con una de sus manos.

—Suegra…—habla Mía—La niña se está tomando unas vacaciones, ya pronto retoma de nuevo su carrera porque ahora sí se va a comportar como una Smirnov… ¿Verdad Dara?—mastico lo que tengo en la boca pero no respondo—Dara… ¿Verdad?—¿Por qué debo fingir ser alguien que no quiero ser?—Mi hija es una buena chica y está haciendo un buen trabajo para la empresa.

—¡Para!—tiro el cubierto sobre la mesa, por favor ahora no…—¿Por qué tengo que hacer lo que otros quieren que haga?—mamá… debo callarme ahora mismo, Mía abre los ojos y solo sonríe.

—¿Es una dosis fuerte?—pregunta haciendo que las lágrimas se me resbalen de las mejillas por si solas. Ella me conoce. Ella sabe que jamás la trataría de esa forma—Lamento si te ofendí hija mía, ahora comamos como la familia hermosa que somos…—me limpio las mejillas con mi antebrazo sin dejar de mirar mis piernas. He dañado de nuevo un momento familiar. Mis hombros suben y bajan por mi llanto y aunque quisiera huir mis pies no me lo permiten.

Maya abre los ojos—Cálmate…Vamos, respira…—algo que logra desatar un episodio de pánico por mi TOC es sentirme sucia o que algo pegajoso toque mi cuerpo. Mis manos me tiemblan y de la nada empiezo a sudar y gritar tan fuerte que las chicas deben salir de la piscina para auxiliarme. No quiero esto. No deseo esto. No ahora que él está aquí.

Mis dedos se mueven con exageración intentando quitarme la bebida de encima, mi garganta empieza a arderme demasiado. Chaina me jala del brazo para sacarme del agua y caigo acostada boca arriba retorciéndome mientas lloro.

—¡Miguel! ¡Mía! ¡Alguien! ¡Ayuda!—grita Maya alejándose de mí. Siento un dolor tan fuerte. Me voy a morir, siento que me voy a morir. Mi madre entra al lugar como alma que lleva el diablo y prefiero que me lleve al notar como llega detrás de ella el hombre que me hizo mujer. Sergei se detiene por un segundo, puedo notar sus ojos llenos de miedo al verme tendida y sin moverle. Las lágrimas se resbalan de mis mejillas por si solas.

El italiano me toma entre sus manos y con algo de cuidado me sienta en la silla playera—¿Dónde carajos están sus antidepresivos?—cuestiona salvajemente el rubio—Cariño, cariño, mírame, mírame a mí…—sujeta mis mejillas pero no puedo verlo—Respira… Vamos nena, respira conmigo…—Mía le da el bote de pastillas y me la hace beber—Eso es… Eso… Mírame, mírame…—Maya se tapa la boca. Miguel nos mira de forma extraña.

—Sergei…—lo llama el abuelo—¿Podemos hablar un momento?—vuelvo a regular mis sentidos. Chaina me abraza asustada.—Dara, si te sientes bien, ven ahora mismo…

¡Sergei, ya nos exhibiste!

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