CAPÍTULO 40
SERGEI RUSSO
Sus mejillas están tan rojas que deslizo mis dedos por su suave piel solo para intentar controlar mi impulso. Este tipo de declaraciones ya no le dan miedo; es como si mi pequeña mujer ya se hubiese moldeado para mí y solo para mí. Agarro con firmeza sus manos para colocarlas por encima de su cabeza. Sus ojos mira mi boca y debo arrancarle más de un suspiro por la forma en que me ha visto.
Restriego mi polla endurecida sobre su ombligo, Dara es como una jodida obra de arte que quieres conservar intacta para el resto de tu vida. Sus pequeñas manos intentan zafarse pero no quiero reírme en su intento fallido de hacerlo, ¿Cómo no caer rendido a sus pies? ¿Cómo podía evitar esto? ¡Joder! Estoy tan liado a esta chiquilla que mi vida ya no tendría sentido si ella no está. Beso la punta de su nariz y logra brincar cuando mi dedo empieza a hurgar dentro de su ropa interior. La mujer de mi vida aprieta los muslos internos al sentir la presión que estoy ejerzo contra su clítoris.
—Sergei…—gime mi nombre colocando sus ojos en blanco—El ascensor ya va a abrir, si…Ah…—la invado con mi dedo del medio entrando una y otra vez en ella. Su coño está húmedo y puedo deslizarme con comodidad en su sexo. Dara sujeta con fuerza mi espalda y ahogo un grito satisfactorio al percibir como muerde uno de mis hombros.
—¿Te gusta?—me muevo con más fuerza—¿Te gusta lo que la mano de tu hombre hace por ti?—jalo de su cabello con suavidad para que me mire a los ojos—Tengo tantas ganas de devorar cada parte de tu cuerpo, te tatuarte mi nombre en las tetas y que ese imbécil de Recursos Humanos se dé cuenta que jamás podrá tener a una mujer como tú a su alcance y sí… —muerdo su labio inferior cuando sonríe—Tóxico…Llámame tóxico si quieres pero nada me quitará la satisfacción de decir que te quité la virginidad…Que soy el único que ha entrado en ti y seré el único en hacerlo…—la pelinegra se retuerce de placer pero debemos separarnos cuando el maldito elevador abre sus puertas.
Las personas que han entrado nos quedan viendo, le paso un pequeño pañuelo de lino fino a mi chica para que limpie el sudor de su frente. Debo inclinarme un poco hacia el lado contrario de los empleados para que no se den cuenta de mis prominente erección—¿A que hora paso por usted, señorita Smirnov? —jodida vida, sé que media compañía ya sabe que ella es mi mujer, ¿Pero por qué me siento así? ¡Necesito marcarla! Necesito colocarle algo para que el mundo entero y toda Europa sepa que ella me pertenece.
—Señor Russo…—una de las chicas carraspea la garganta algo incomoda—Maya y Chaina irán a la discoteca y como es una reunión algo no formal yo quería tener una día de chicas…—¡No! ¡No! ¡Y no!—Además, la mayoría son hombres y no querría sentirme sola.
—¿Se pueden bajar, por favor?—Los empleados nos miran sin entender que es lo que está sucediendo—¡Por un demonio, bajen del maldito elevador ahora mismo!—me echo hacia atrás.
—Bien.—suelta para agarrarme de la mano y salir ambos del aparato.
—¿Sabes cuanto te amo?—inquiero de manera sorpresiva—Tanto...—sostengo una de mis manos sobre su mejilla izquierda—Tanto… Que sería capaz de cualquier cosa con solo verte a salvo ¿Me entiendes?—asiente mirando hacia el suelo—Necesito hacerte el amor…—uno nuestras frentes mientras que nuestros alientos se mezclan—Necesito clavarme en ti y dejar cada parte de mi ser marcado en tu piel, quiero que mi nombre sea labrado en tu piel, pero no me lo estás dejando fácil.—respiro porque debo controlarme, cierro los ojos por unos segundos—Está bien—digo derrotado—; ten tu día de chicas y diviértete, yo estaré desde lejos cuidándote y mañana podremos tener nuestro momento juntos ¿De acuerdo?
Me mira—¿No estás molesto? ¿No me dirás que no vaya? ¿Qué no puedo hacerlo? ¿Qué sólo salgo contigo? ¿Qué tienes necesidades y si no las cumplo Jessica lo hará por mí?
La empujo contra mi pecho—El hombre que no ama, destruye, el hombre que no valora el amor propio que siente una mujer hacia ella misma, destruye. El amor que yo siento por ti, es liberador. Es reparador. Es algo tan infinito que no podría explicarlo con palabras si no con hechos. Dara, el amor no encadena y no hace el mal, yo…—beso su frente—Debo admitir que perdí por un momento los estribos, pero tú eres como un pajarito libre y así quiero verte, libre…
Y así era como me sentía, ella es todo lo que tengo y no sería capaz de hacerle algún mal. Quiero verla feliz por el resto de mi vida y ser yo el motivo de esa felicidad infinita.
(***)


VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Me perteneces, pequeña