Claudia
Quisiera encontrar las palabras correctas para describir como me siento en este momento, pero la verdad es que no siento nada, es como si todo lo que he descubierto en la última hora fuese mucho más grande que yo, tanto que no me permite sentir nada. Un fuerte dolor de cabeza taladra mi cerebro tratando de sacar esas emociones que se empeñan en esconderse, ya no salen más lágrimas de mis ojos, los sollozos se extinguieron y una inmensa necesidad de estar a solas con mi hermana me embarga.
Observo en dirección de Hannah y la veo en uno de los rincones de la habitación en la que está, pudiera decir que llorando, sin embargo, su mirada es indescriptible por la cantidad de emociones que refleja, estoy segura de que se siente confundida y que ahora entiende que las cosas pueden ser diferentes si nos da la oportunidad de ser las hermanas que nunca fuimos. Por otra parte, me gustaría saber qué es lo que piensan hacer con nuestros padres, sé que no los van a asesinar, pero si estoy segura de que Richard no dejara que ellos se queden como si nada, disfrutando de su vida como si nunca han hecho nada malo.
Por mi parte, creo que prefiero no saberlo por o tener que intervenir en su favor, no soy partidaria de hacer como te hicieron, para cobrarte las cosas que te hacen, prefiero más bien dejárselo al universo, el karma existe o al menos tengo fe de que exista. Rato después Stuart regresa solo y no informa que Maxwell estará arriba esperando por nosotros, respiro profundo antes de hablar, deseo que entiendan que es algo que necesito hacer, que yo tengo fe y confianza de que ya Hannah no será como antes si le damos ese voto de confianza que necesita.
—Necesito que nos dejen a solas a Hannah y a mí —los tres levantan la mirada hacia mí, volviéndome el centro de su atención—. También necesito estar en la misma habitación con ella, sin nada que nos separe —digo sin perder ni un ápice de la determinación con la que hablo.
—Yo no voy a permitir que te quedes a solas con ella —replica Richard.
—No eres mi dueño, te recuerdo —refuto sin ni siquiera girarme a verle.
—No, tienes razón, pero de todos modos no se me da la maldita gana de que te quedes a sola con esta maldita enfermedad —grita lo que me hace girar enseguida y enfrentarlo en una batalla de miradas asesinas.
—Te repito que me importan dos pepinos, lo que las bolas te canten, es mi vida, ella es mi hermana y quieras o no, yo voy a conversar a solas con ella en este preciso momento —inquiero sin dejar espacios a réplica, sin embargo, su objeción es terca e insistente.
—Dije que no, de hecho hoy mismo paga lo que nos hizo —dice dando un paso hacia mí—. De aquí no sale si no es muerta, porque no voy a permitir que ella vuelva a estar libre en las calles y dispuesta a lastimarte —sentencia con fuerza.
—Atrévete a tocarle un solo pelo y te olvidas de mí para toda tu maldita vida —reto consciente de que la estoy poniendo a ella por sobre lo que sentimos, pero no estoy dispuesta a aceptar su voluntad como si fuese un dios.
—¿Te das cuenta de lo que acabas de decir? Estás tirando a la basura lo que sentimos por una escoria...
No dejo que termine de hablar cuando estampó mi mano en su mejilla, harta de que la insulte a cada segundo. Es injusto que no le dé una segunda oportunidad cuando yo fui capaz de abrirle el corazón a él, a pesar de que si forma de llegar a mí no fue la más sana de todas.
—No te voy a permitir que sigas ofendiéndola cómo se te dé la gana, no comprendo por qué te cuesta tanto entender que fue una víctima de los depravados que se fueron hace un momento de aquí, sé y estoy consciente de que tomo decisiones incorrectas, pero todos lo hacemos en algún punto, quizás sus errores son mayores a los de otros, pero nadie ve que ella es una sobreviviente de la degradación a la que la sometieron, así fue cómo ella aprendió a salir adelante, pasando por sobre los demás sin ningún remordimiento, pero puede cambiar si se le da la oportunidad de hacerlo y se le apoya en el camino —señalo, sintiendo nuevamente como mis ojos secos se humedecen—. ¿Por qué tú no puedes verlo? ¿Por qué eres tan cruel de no darle un voto de confianza? ¿De verdad eres el hombre del que me enamoré? Por qué ahora mismo no veo esa bondad que supuestamente es tu mejor virtud —concluyo dándole la espalda para encarar esta vez a Stuart—. Espero que no seas tú un obstáculo a mis deseos —le digo mirándolo fijamente.

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