Capítulo 104
CAPÍTULO 56
Desde la puerta entreabierta de su propia oficina - la oficina del Director Legal, ahora relegada a una importancia secundaria-, Fernando Castillo observaba el movimiento del pasillo como un depredador que ha perdido sus dientes pero conserva el hambre.
Sus ojos, enmarcados por ojeras oscuras fruto de noches de insomnio y discusiones con Victoria, se fijaron en la puerta principal: el despacho de la Presidencia.
Vio salir a Alexander. El magnate caminaba con esa zancada larga y segura que a Fernando siempre le había provocado una mezcla de envidia y odio.
Alexander se ajustó el saco, intercambió unas palabras breves con la secretaria y se dirigió hacia el ala opuesta, donde se encontraba la oficina privada de Augusto De la Vega, el patriarca.
Fernando contuvo el aliento. El perro guardián se había ido.
Era su oportunidad. Necesitaba hablar con ella.
Necesitaba entender cómo la mujer que una vez lo miró con adoración absoluta ahora lo miraba como si fuera un mueble molesto. Y, sobre todo, necesitaba saber si quedaba algun sentimiento hacia el.
Tomó una carpeta azul con contratos de rutina que requerían firma -su coartada perfecta- y cruzó el pasillo. No se detuvo ante el escritorio de la secretaria de Lucía. No pidió permiso. No esperó a ser anunciado.
Fernando abrió la puerta del despacho presidencial y entró.
Lucía estaba sentada detrás del inmenso escritorio de Caoba. Estaba concentrada en la pantalla de su ordenador, con el ceño fruncido y un bolígrafo girando entre sus dedos. Al escuchar la puerta abrirse sin previo aviso, levantó la vista. Sus ojos verdes, claros y directos, se clavaron en él. No hubo sobresalto, solo una molestia contenida.
- Fernando -dijo ella, con voz seca-. ¿Nadie te enseñó a tocar?
Fernando cerró la puerta tras de sí, asegurándose de que quedaran aislados.
- Vi que Alexander salía. Supuse que tendrías un minuto.
- Supones mal. Estoy ocupada. -Lucía volvió su atención a la pantalla, desestimando su presencia con una indiferencia que le dolió más que un insulto -. Si no es una emergencia real que requiera evacuar el edificio, retírate Fernando caminó hasta el escritorio, ignorando la orden.
- Ocupo tu firma en algunos documentos de la fusión logística -mintió, dejando la carpeta sobre la superficie de cristal.
- Déjalos ahí -respondió Lucía sin mirarlo-. Los revisaré más tarde con Alexander. Él supervisa todo lo que firmo.
-¿Es que no puedes hacer nada sin él? -soltó Fernando, con un deje de amargura-. ¿Eres la Presidenta o su marioneta?

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí.