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Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí. romance Capítulo 464

CAPÍTULO 53

Augusto se ajustó los puños de su camisa de seda bajo la chaqueta de lana fría. No venía a negociar acciones ni a revisar tipos de interés. Venía a reclamar una vida. Antes de enfrentarse a los Valente, había decidido que el primer obstáculo en el camino debía ser removido. Debía dejarle claro a Enrique Saldívar que su tiempo como "prometido" de Matilde había expirado.

Entró en el vestíbulo del banco con el paso firme de un general cruzando el Rubicón. Augusto no se detuvo en la recepción general; se dirigió directamente hacia la zona de los despachos de la alta dirección.

Al llegar a la antesala del despacho de Enrique, una secretaria de mediana edad, vestida con una pulcritud asfixiante, se levantó de su escritorio como si hubiera visto un incendio aproximarse.

— Señor de la Vega, buenos días —dijo la mujer, con una voz que temblaba ligeramente— ¿En qué puedo ayudarlo?

— Vengo a ver a Saldívar —respondió Augusto, sin disminuir el paso.

— Lo lamento mucho, señor, pero el señor Saldívar está muy ocupado esta mañana. Me ha dado instrucciones precisas de no recibir a nadie sin cita previa, sin excepción. Si gusta, puedo revisarle la agenda para finales de la próxima semana y…

Augusto se detuvo frente a ella, inclinándose apenas lo suficiente para que la mujer sintiera el peso de su autoridad. Sus ojos oscuros eran dos abismos de determinación.

— No voy a esperar a la próxima semana, ni a mañana, ni a que usted termine esa frase. Sé que el señor Saldívar está solo en su oficina. Hágase un favor y no intente interponerse.

— Pero señor… ¡la seguridad! —balbuceó la mujer, pero Augusto ya le había dado la espalda.

Ignorando las protestas de la secretaria, que casi tropezaba al intentar seguirlo, Augusto puso la mano en el pomo de caoba de la puerta doble y la abrió de golpe.

El sonido del impacto de la puerta contra el tope de goma resonó en todo el despacho. Enrique Saldívar, que estaba sentado tras su inmenso escritorio con una botella de cristal tallado a medio llenar y varios documentos desordenados, dio un respingo, casi derramando el líquido sobre el tapete de cuero verde.

En el pasillo exterior, los empleados se detuvieron en seco, fingiendo revisar papeles pero con los oídos atentos al escándalo que acababa de estallar en el corazón del banco.

— Señor de la Vega —dijo Enrique, recuperando la compostura con una lentitud pastosa que delataba que ya había empezado su ración matutina de alcohol— Mi secretaria ya le ha dicho que no recibo a nadie sin cita previa. Sin excepción. ¿Acaso su nueva fortuna no le ha comprado también modales?

Enrique soltó una carcajada estridente y vacía, inclinándose hacia atrás en su sillón de piel.

— Verás, De la Vega… admito que me molestó al principio. A ningún hombre le gusta saber que su prometida tiene gustos tan… vulgares. Pero después de pensarlo, he llegado a una conclusión. Yo tampoco he sido un novio ejemplar estos tres años, ¿verdad? Mis visitas al casino y mis compañías femeninas son bien conocidas. Así que, en un gesto de magnanimidad que espero que aprecies, he decidido perdonarla.

Augusto dio un paso hacia el escritorio, sus ojos destellando con una furia contenida que hizo que Enrique dejara de reír.

— ¿Perdonarla? —susurró Augusto— ¿Tú te atreves a hablar de perdón?

— Sí —continuó Enrique, tratando de recuperar su tono arrogante— Matilde ha tenido su desliz de juventud, su pequeño momento de rebeldía con el antiguo camarero. Es pintoresco, casi literario. Pero el juego se terminó. Nos vamos a casar en quince días. Mi madre ya ha enviado las participaciones a las familias más importantes del país. No estás invitado, por supuesto; entiendo que comprendas los motivos.

— Esa boda no va a suceder, Enrique —sentenció Augusto, su voz resonando en las paredes del despacho— Matilde ha roto su compromiso contigo. Ayer, en ese sendero, ella recuperó su libertad. No volverá a esta casa, ni a este banco, ni a tu vida.

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