CAPÍTULO 50
Enrique hizo pasar a Elena a la sala de su casa. Elena no espero siquiera acomodarse para empezar a soltar toda la información que tenía.
— Te estuvieron viendo la cara todos estos años, Enrique —sentenció Elena, saboreando el dolor que veía reflejado en el rostro del banquero— ¿Por qué crees que ella no se casó contigo? ¿Crees realmente que eran sus estudios de arte? No. Ella lo estuvo esperando. Ella sabía que ese muerto de hambre que un día desapareció regresaría convertido en el magnate que es hoy.
La información que Elena manejaba era una construcción de supuestos, alimentada por las confidencias que Clara le había sacado a Carlos en sus encuentros. Clara le había contado que Carlos hablaba de una "promesa" y de un "pasado en común". Elena no necesitaba pruebas físicas; su instinto de mujer herida le decía que el fuego que vio entre Augusto y Matilde no era nuevo. Era un incendio que llevaba tres años alimentándose en secreto. No le importaba si la verdad estaba algo distorsionada; solo quería arruinar la posibilidad de que esos dos terminaran juntos.
— ¿Y cómo sabes eso? —rugió Enrique, agarrando a Elena por el brazo, aunque ella se zafó con un movimiento grácil— ¿Tienes pruebas? ¿Cartas? ¿Fotos?
Elena se acomodó el abrigo, mirando a Enrique con una mezcla de lástima y desprecio.
— ¿Pruebas como tal? No. Pero soy mujer, Enrique. Y soy actriz. He pasado mi vida estudiando los gestos de las personas. Me doy cuenta cuando algo pasa entre un hombre y una mujer. He visto cómo Augusto mira a Matilde. He observado el cuadro que ella pintó, y he notado cómo Matilde palidece cuando él entra en una habitación. No es cortesía, es posesión. Esos dos tienen fuego en la sangre, y tú solo eres el agua fría que intentan esquivar.
Enrique golpeó la columna de mármol con el puño, maldiciendo en voz baja. Las palabras de Elena encajaban perfectamente con el rompecabezas de su humillación. Recordó la noche de la fiesta de compromiso, tres años atrás, cuando un camarero insolente había osado hablarle a Matilde en el balcón. Recordó la mirada de su suegro y el silencio de Matilde.
— Aquel camarero… —susurró Enrique, la revelación golpeándolo como un mazo— ¡Era él! El maldito De la Vega era el criado al que Rodolfo echó de la casa.
Elena sonrió al ver que el veneno estaba surtiendo efecto. Quería que Enrique se llenara de odio en contra de Matilde. Ella no tenía ni idea de la historia del camarero. Sospechaba que Augusto no tenía un origen noble, pero eso no importaba. Lo importante era que hoy era un hombre rico.
— Exactamente. Imagina la burla, Enrique. El hombre que hoy tiene tu banco entre sus dedos es el mismo que se veía con tu mujer a escondidas mientras tú pagabas las facturas de su familia. Matilde no es la virgen pura de los Valente; es la amante fiel de un hombre cualquiera que ha vuelto para cobrarse su deuda contigo.
Enrique sintió que la bilis le subía por la garganta. Su orgullo, lo único que le quedaba además de sus deudas, acababa de ser pisoteado por una actriz y un fantasma del pasado.


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