CAPÍTULO 49
Frente a la imponente fachada de la residencia Saldívar, Elena Duval permanecía oculta tras el tronco de un castaño centenario, con su abrigo de piel ceñido al cuerpo y un cigarrillo apagado entre los labios. Sus ojos no se apartaban de la entrada.
La subasta había terminado y el desplante de Augusto de la Vega seguía quemándole en la sangre como ácido. Él la había utilizado. La había exhibido como un trofeo de caza para luego abandonarla en la puerta de la facultad, solo para correr tras el recuerdo de Matilde Valente. Ella haría lo mismo que él: conseguirse un nuevo aliado, aunque este fuera una de las personas que más detestaba.
De pronto, los faros de un coche iluminaron la calle. Era el vehículo de Rodolfo Valente. Elena observó cómo el automóvil se detenía con un chirrido de neumáticos y cómo el viejo Rodolfo, con gestos de profunda fatiga y disgusto, ayudaba a Enrique Saldívar a bajar del asiento trasero. Enrique apenas podía mantenerse en pie. Rodolfo lo dejó prácticamente depositado en la entrada, intercambió unas palabras secas con el mayordomo que salió a recibirlos y se marchó a toda velocidad, como quien huye de la escena de un crimen.
Elena esperó a que el coche de los Valente desapareciera antes de salir de las sombras.
— Buenas noches, señor Saldívar —dijo Elena; su voz se proyectó con una claridad cristalina en el silencio de la calle.
Enrique alzó la cabeza con dificultad, entrecerrando los ojos para enfocar la figura que se le acercaba. Al reconocer a la actriz, su rostro se contrajo en una mueca de fastidio.
— ¿Qué quieres? —preguntó Enrique con voz arrastrada— No creo que tengas nada de valor que me interese, Duval. Bastante ridículo hice ya esta noche frente a tu… dueño. Vete con él a celebrar su victoria.
Elena dio un paso más, dejando que el aroma de su perfume francés compitiera con el olor a ginebra que emanaba del banquero.
— Augusto de la Vega no es mi dueño, Enrique. Y precisamente por eso estoy aquí —Elena miró hacia la calle y luego al mayordomo, que permanecía en el vestíbulo— Este no es lugar para hablar de lo que tengo que decirte. ¿Por qué no somos un poco más discretos? Déjame entrar en tu casa. Un trago y un sofá cómodo nos ayudarán a entendernos mejor.
Enrique soltó una risa seca y burlona, apoyando la espalda contra la columna.
— ¿Entrar en mi casa? —La recorrió con la mirada de arriba abajo— Escúchame bien, Elena Duval: estoy un poco borracho, es cierto, pero no soy idiota. Sé perfectamente quién eres y qué buscas. Eres el desecho de De la Vega de esta noche y buscas un lugar donde caerte muerta. No te quiero en mi casa ni te quiero en mi cama; no me gustan las segundas opciones que dejan los demás.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí.