CAPÍTULO 52
Carlos estaba sentado ante el escritorio, rodeado de telegramas y agendas. Al escuchar el sonido de la llave en la cerradura, alzó la vista con una expresión que mezclaba el alivio con una irritación profesional que no se molestó en ocultar.
Augusto entró en la habitación con el paso de un hombre que acababa de conquistar el mundo, pero su ropa delataba que la batalla no había sido sencilla. Se quitó el abrigo y lo dejó caer sobre un sillón, desabrochándose los puños de la camisa con una calma que a Carlos le resultó exasperante.
— Ya es de noche, Augusto —sentenció Carlos, señalando su reloj— Te has perdido todo el día. He tenido que inventar tres excusas diferentes para los representantes de la siderúrgica y posponer la firma con el notario de la zona norte. Has perdido varias reuniones importantes, algunas de ellas vitales para consolidar nuestra posición antes del lunes.
Augusto se acercó al mueble bar y se sirvió un whisky generoso. Sus ojos brillaban con una luz que Carlos no le veía desde antes del exilio.
— Las reuniones pueden esperar, Carlos —respondió Augusto, su voz era un barítono profundo y relajado— Los negocios son piezas de papel, pero hoy he recuperado algo que no tiene precio.
Carlos suspiró, cerrando su agenda con un golpe seco.
— Supongo que tiene que ver con la señorita Valente. Por cierto, Elena vino a verte. Estuvo aquí casi dos horas, exigiendo saber dónde estabas y por qué no le habías enviado flores después de la subasta. Se fue hecha una furia, prometiendo que esto no quedaría así.
Al mencionar a la actriz, la expresión de Augusto se endureció. Bebió un sorbo largo de su copa, sintiendo el calor del alcohol bajando por su garganta.
— Ya no importa Elena, ni lo que exija —dijo Augusto, girándose hacia su amigo— Lo resolví todo con Matilde, Carlos. Estamos juntos. Ella me esperó. Tres años de mentiras de su familia y de Enrique, pero su corazón nunca cambió de dueño.
Carlos se quedó inmóvil por un segundo, asimilando la noticia. Conocía a Augusto lo suficiente como para saber que esa declaración era el fin de una era y el comienzo de una mucho más peligrosa.
— Entonces es verdad… —murmuró Carlos— Me alegro por ti, de verdad. Pero sabes que esto acaba de duplicar nuestros enemigos. Enrique Saldívar no se va a quedar mirando cómo le arrebatas a su prometida y su estatus en la misma semana.
— Que lo intente —replicó Augusto con una sonrisa depredadora— Por eso necesito que aceleres la adquisición de la casa de la que hablamos. Ahora más que nunca ocupo un lugar que sea mío, una casa para vivir con Matilde. No quiero que pase ni una noche más en esa residencia universitaria ni en la mansión de sus padres. Busca la propiedad más imponente de la zona alta.
Carlos asintió, anotando la orden.
— Me encargaré de ello mañana mismo. Pero, Augusto… ¿qué hacemos con Elena? Esa mujer no es de las que se retira en silencio.
Augusto hizo un gesto de desdén con la mano.
— Encárgate de ella, Carlos. No quiero volver a verla.
— ¿Cómo que me encargue de ella? ¿Qué se supone que tengo que hacer? —preguntó Carlos, arqueando una ceja— No soy un experto en despedir actrices dramáticas.
— No lo sé, Carlos. Eres inteligente. Cómprale algo lindo, algo valioso que pueda gustarle. Un collar de diamantes, un brazalete de esmeraldas… usa la cuenta de gastos reservados. Pero hazle entender que nuestro acuerdo terminó. Nunca le prometí nada a esa mujer, más allá del patrocinio de su teatro, y eso lo mantendré si se queda callada. Pero nada más. Maldito el día en que se me ocurrió decirle que me acompañara a esa cena. Fue un grave error.

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