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Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí. romance Capítulo 462

CAPÍTULO 51

Teresa no había dejado de dar vueltas frente a la escalinata principal desde que Augusto de la Vega se marchara a toda velocidad horas atrás. Sus pasos eran rápidos, nerviosos, y sus manos se entrelazaban con tal fuerza que los nudillos le blanqueaban.

Había pasado una eternidad. Teresa miraba su reloj de pulsera cada dos minutos, maldiciendo el paso del tiempo y la falta de noticias. ¿Habría encontrado Augusto a Matilde? ¿Estaría ella a salvo? La imagen de Enrique Saldívar, fuera de sí y desesperado, no dejaba de atormentarla.

Justo cuando las sombras empezaban a devorar los últimos restos de claridad del horizonte, un rugido de motor rompió el silencio del recinto académico. Teresa se detuvo en seco, conteniendo la respiración.

El coche de Augusto se estacionó a unos metros de ella. Augusto bajó del lado del conductor, rodeó el coche y tomó la mano de Matilde con una firmeza protectora. No era la mano de un captor ni la de un socio de negocios; era la mano del hombre que finalmente había reclamado su lugar.

Teresa no pudo contenerse. Empezó a saltar de la emoción, con lágrimas de alivio asomando a sus ojos. Ella conocía mejor que nadie la historia de amor, mentiras y esperas que había unido a esos dos seres durante tres largos años. Verlos allí, juntos y unidos por ese gesto tan simple pero cargado de significado, era la victoria que ella misma había estado esperando.

— ¡Matilde! —gritó Teresa, corriendo hacia ellos.

Matilde se soltó suavemente de Augusto para recibir el abrazo de su amiga. Se fundieron en un apretón largo, donde el miedo acumulado pareció disolverse en el hombro de Teresa.

— Estás bien… gracias a Dios estás bien —sollozaba Teresa, apartándose apenas para inspeccionar el rostro de su amiga.

Augusto permaneció a un lado, observándolas con una mirada en la que el orgullo había sido reemplazado por la ternura. Se acercó a Matilde y le puso una mano en el hombro, un gesto que reclamaba su atención por última vez antes de partir.

— Debes descansar, Matilde —dijo Augusto, su voz era un barítono profundo que transmitía una seguridad absoluta— Has pasado por demasiado hoy. Entra con Teresa, date una ducha de agua caliente y trata de dormir.

— ¿A dónde vas ahora? —preguntó Matilde, con una nota de ansiedad en la voz, sin querer soltar su mano.

— Voy a la ciudad. Tengo una cita pendiente con tu padre y con tu madre —sentenció Augusto, y sus ojos se endurecieron al recordar la carta de Rodolfo y la manipulación de Leticia— No te preocupes por nada. A partir de este momento, yo me encargaré de todo. Nadie volverá a obligarte a fijar fechas ni a subir a altares que no desees. Enrique Saldívar ya no tiene poder sobre ti, y tus padres entenderán que las reglas del juego han cambiado.

Matilde lo miró con adoración.

— Ten cuidado, Augusto. Enrique está… está loco.

— Un hombre loco es solo un hombre que ha perdido su brújula, Matilde. Yo tengo la mía muy clara ahora —Augusto se inclinó y le dio un beso casto en la frente, un sello de promesa frente a Teresa— Te veré pronto. Lo prometo.

Augusto subió al coche y se fue. Teresa tomó a Matilde del brazo y la guió rápidamente hacia el interior de las residencias, evitando a los pocos curiosos que aún merodeaban por los pasillos.

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