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Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí. romance Capítulo 107

Capítulo 107

CAPÍTULO 58

La humillación que Victoria Navarro sentía quemándole el pecho era casi física. Ni una mirada.

Ni un reconocimiento de su existencia. Para un hombre como Alexander de la Vega, ella se había vuelto invisible, y eso era un insulto que su orgullo no podía procesar.

Se detuvo frente a la oficina de Fernando, se ajustó la chaqueta de seda y forzó una expresión de serena indiferencia antes de entrar sin llamar.

Fernando Castillo estaba sumergido en una montaña de expedientes. Su despacho, aunque elegante, carecía de la grandiosidad del piso de la presidencia, algo que siempre le recordaba su posición de subordinado. Levantó la vista y sus ojos se entrecerraron al ver a su esposa.

- Victoria -dijo él, dejando la pluma sobre la mesa-. ¿No encontraste a Alexander y vienes aquí a buscar consuelo?

Victoria sintió una punzada de irritación, pero entró y cerró la puerta con delicadeza, sentándose en la silla frente a él con una gracia ensayada.

- Fernando, querido, me alegra verte -respondió ella, ignorando el dardo-. Solo pasaba por aquí y pensé en saludarte.

Fernando soltó un suspiro cansado y se recostó en su silla, cruzando los brazos.

- No me vengas con juegos. Sé perfectamente que estabas arriba intentando interceptarlo. Ya te lo dije antes, Victoria: lo que sea que pasó entre tú y Alexander fue un desliz de una sola noche hace mucho tiempo, y para él ya no tiene sentido recordarlo. Deberías dejar de perseguirlo.Victoria apretó los dientes, pero mantuvo su sonrisa gélida.

- No sé de qué hablas. Solo busco fortalecer los lazos familiares.

- Hace mucho tiempo que no vienes aquí por mí - la cortó Fernando, su voz cargada de un cinismo amargo-. No finjas que te importa mi jornada laboral. Alexander está ahora completamente ocupado con su nuevo proyecto...o mejor dicho, con su nueva esposa. No te hará caso, Victoria. No eres más que un estorbo en su camino hacia la redención que cree haber encontrado con Lucía.

La mención de Lucía fue como una bofetada.

Victoria sentía que la sangre le hervía, pero respiró hondo. Ver a Fernando tan derrotado, aceptando su lugar bajo la sombra de Alexander, la enfurecía tanto como la indiferencia de este último.

- Lucía Flores es una moda pasajera, un capricho del abuelo que Alexander ha tenido que digerir - dijo ella con desdén-. Pero no hablemos de negocios ni de esa mujer. ¿Quieres que almorcemos juntos, querido? Podríamos ir a ese sitio nuevo en el centro.

Fernando miró el reloj y luego la miró a ella con una mezcla de lástima y desgana.

- No, mejor ve con tus amigas, Victoria. Tengo tres informes que terminar antes de la reunión de la tarde y, francamente, no tengo energía para tus quejas sobre la decoración de la casa o sobre quién Ilevaba el mejor vestido en la última gala.

Victoria se levantó, su paciencia finalmente agotada.

- Está bien -dijo con voz cortante-. Nos vemos en la noche. No te esfuerces demasiado, Fernando.

No querría que Alexander se sintiera intimidado por tu ética de trabajo.

Salió de la oficina con la cabeza alta, pero en cuanto la puerta se cerró tras ella, su expresión se desmoronó en una mueca de puro odio. Estaba harta de ser ignorada, harta de ser la esposa de un hombre que se conformaba con las migajas y harta de ver cómo una huérfana sin apellido se adueñaba de lo que ella consideraba su lugar por derecho social.

- Estoy en las mismas -bufó Elisa, mirando a Roberto con fastidio-. Rodrigo está tan obsesionado con sus planes que ha olvidado que su esposa necesita alimentarse Roberto carraspeó, sintiéndose fuera de lugar en medio de la energía que empezaba a generarse entre las dos mujeres.

- Tengo una reunión en diez minutos -se disculpó él-. Victoria, un placer verte.

En cuanto Roberto salió de la sala, el ambiente cambió. La fachada de cortesía social se mantuvo, pero debajo de ella comenzó a fluir una corriente de entendimiento mutuo. Elisa observó a Victoria de arriba abajo, notando la rigidez en su postura - Te vi salir del ascensor de la presidencia hace un rato, Victoria -comentó Elisa con astucia-.

Parecías... disgustada. ¿Alexander sigue jugando a ser el marido devoto?

Victoria apretó el asa de su bolso.

- Alexander está cegado. Y esa mujer, Lucía... es más peligrosa de lo que parece. Se ha metido al abuelo en el bolsillo.

- Oh, lo sabemos -asintió Elisa, sus ojos brillando con malicia-. Pero el abuelo no vivirá para siempre, y los contratos tienen una forma muy curiosa de salir a la luz cuando menos se espera. Me han contado que tú tienes una historia particular con Alexander, Victoria. Una que a Lucía no le gustaría nada escuchar Victoria sonrió, sintiendo por primera vez en el día que tenía una aliada.

- Lucía Flores cree que ha ganado la lotería, pero no sabe que el boleto tiene fecha de caducidad.

- Exactamente -dijo Elisa, entrelazando su brazo con el de Victoria-. Salgamos a comer juntas entonces. Tenemos mucho de qué hablar y, sinceramente, prefiero tu compañía a la de estos hombres obsesionados con el poder que no saben cómo usarlo.

- Me parece una idea excelente, Elisa. Conozco un lugar muy discreto donde el vino es tan bueno como los secretos que se comparten.

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