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Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí. romance Capítulo 106

Capítulo 106

CAPÍTULO 57

- Busco a mi marido, Fernando Castillo -dijo a la recepcionista, aunque sus ojos no dejaban de recorrer los ascensores privados-. Me dijo que tenía unos documentos importantes que recoger.

Era una excusa barata y ella lo sabía. Victoria no estaba allí por Fernando; la presencia de su marido en los niveles inferiores de la empresa se había vuelto un recordatorio molesto de su fracaso. Ella estaba allí por el hombre que realmente movía los hilos del imperio.

En ese momento, las puertas del ascensor de la presidencia se abrieron. Alexander de la Vega salió a paso rápido. Victoria sintió un vuelco en el corazón y, rápidamente, se interpuso en su trayectoria, fingiendo revisar algo en su teléfono para forzar un encuentro casual.

Sin embargo, Alexander ni siquiera aminoró la marcha. Caminaba por el pasillo con las manos hundidas en los bolsillos de su pantalón de sastre, con la mirada fija en un punto invisible frente a él.

Pasó a escasos centímetros de Victoria, ignorando por completo su presencia, del mismo modo que ignoraba los saludos de los empleados que se apartaban a su paso. Para él, en ese momento, Victoria Navarro no era más que parte del mobiliario del edificio.

Victoria se quedó petrificada, con la boca ligeramente abierta, viendo cómo la espalda de Alexander se alejaba hacia la oficina principal. La humillación le quemó las mejillas; ni siquiera un gesto de cortesía, ni una mirada de reconocimiento.

Nada.

Alexander, ajeno al veneno que acababa de inyectar en el orgullo de Victoria, se detuvo ante la pesada puerta de madera de roble. Sabía que su abuelo, Augusto, estaba allí, retomando las riendas de su imperio con una vitalidad que desafiaba su reciente salida del hospital.

Dio dos toques firmes.

- ¿Abuelo? ¿Estás ocupado? ¿Puedo pasar?

- Adelante, Alexander. Siempre tengo tiempo para mi familia -la voz de Augusto sonó fuerte, cargada de esa ironía paternal que tanto lo caracterizaba.

Alexander entró y cerró la puerta tras de sí.Augusto estaba sentado tras el escritorio, revisando unos informes, pero dejó las gafas de lectura sobre la mesa y se recostó en su sillón, observando a su nieto con ojos analíticos.

- Soy todo oídos -dijo el anciano, cruzando las manos sobre el regazo-. ¿Qué es lo que te trae por aquí con esa cara de pocos amigos?

Alexander no dio rodeos. Se mantuvo de pie, frente al escritorio, irradiando una tensión contenida.

- Me di cuenta abuelo -comenzó Alexander, su voz fría-. A pesar de los años que lleva Damián trabajando para mí, y de que yo le pago su sueldo, parece que su lealtad sigue perteneciendo exclusivamente a ti.

Augusto soltó una carcajada seca, sin rastro de arrepentimiento.

- - Damián es un hombre inteligente, Alexander.

Sabe que los imperios se construyen con paciencia, pero se mantienen con honestidad. ¿A qué viene ese ataque de celos profesionales?

- Te contó todo, ¿verdad? -disparó Alexander-.

Te contó sobre el contrato. Sobre cómo empezó mi matrimonio con Lucía.

Augusto suspiró, su expresión se suavizó ligeramente, pero no perdió la firmeza.

- De hecho, sí. Me lo contó hace tiempo. Pero no te engañes, muchacho; no necesitaba que él me lo dijera. Siempre sospeché que ibas a buscar un matrimonio por contrato para cumplir con mis condiciones. Eres pragmático, a veces demasiado.

Lo que no esperaba era que tuvieras tanta suerte.

Alexander frunció el ceño, desconcertado por la elección de palabras.

- ¿Suerte? -repitió con amargura-. Fue un negocio, abuelo. Una transacción necesaria.

El ruido del aire acondicionado parecía llenar la oficina. Finalmente, las palabras salieron con una honestidad que lo asustó a él mismo.

- No quiero que se vaya de mi lado Augusto observó a su nieto, viendo por primera vez en años al niño vulnerable que había criado, y no al tiburón corporativo que él mismo había moldeado.

- ¿Es por los niños? ¿Por Mateo y Sofía? - preguntó Augusto con suavidad.

- ¿También sabes lo de los niños?

- Si, me lo comentó tu abuela.

Alexander se sincero con su abuelo - Me gusta trabajar con ella. Me gusta llegar a la mansión y que ella esté allí. Me gusta... la persona en la que me convierto cuando estoy cerca de ella. Si se entera de que el contrato ya no es un secreto y que mi familia puede usarlo para humillarla me dejará. Y no la culparía.

Augusto se puso en pie, caminó hacia el mueble bar y sirvió dos dedos de whisky en un vaso, aunque no bebió. Se quedó mirando el líquido ámbar.

- Entonces haz algo al respecto, Alexander. Si tienes mieđo de que se vaya porque el trato original está roto, entonces propón un nuevo trato. O mejor aún, deja de proponer tratos y empieza a proponer una vida. Son jóvenes, tienen todo el camino por delante Alexander miró a su abuelo. La sabiduría del anciano siempre había sido su brújula, pero esta vez, el mapa indicaba un territorio desconocido: el de los sentimientos sin cláusulas de rescisión.

- Lo voy a pensar, abuelo -dijo Alexander, levantándose.

- No lo pienses demasiado -advirtió Augusto mientras Alexander caminaba hacia la puerta-. En el mundo de los negocios, el que duda, pierde la oportunidad. En el amor, el que duda, pierde el alma.

Alexander salió de la oficina y cerró la puerta suavemente. El bullicio de la oficina de VegaCorp volvió a envolverlo, pero él se sentía en una burbuja de silencio. Caminó hacia el ascensor, confirmando en su interior lo que tanto se había negado a admitir.

No era solo por la empresa. No era por la herencia, ni por el abuelo, ni por mantener las apariencias.

Era ella. Era Lucí.

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