Capítulo 109
CAPÍTULO 60
Mateo, sentado en el borde del asiento del bus escolar con los brazos cruzados, no compartía el entusiasmo de su hermana. Sus ojos de niño, astutos y protectores, se fijaban en la nuca de un hombre sentado varias filas más adelante.
- Lucía... -susurró Mateo, acercándose a su oído -, ¿por qué invitaste al señor ese?
Lucía suspiró, acomodando un mechón de cabello rebelde tras la oreja.
- Yo no lo invité, Mateo. Se autoinvitó junto con toda su familia. Dijo que como patrocinador principal, era su deber supervisar las actividades de caridad este fin de semana. Y se llama Alexander.
Mateo frunció el ceño, procesando la información con una madurez inusual.
-¿Y quiénes son toda su familia?
- Abuelos, primos, tíos, sobrinos... Son una familia muy grande, Mateo. Demasiado grande para este bosque, me temo Mateo no respondió de inmediato. Giró la cabeza hacia atrás, donde su hermana Sofía dormitaba contra el hombro de una de las niñas. Luego, volvió a mirar hacia adelante. En su mente infantil, ya había trazado un plan de tres pasos para mantener a Alexander alejado de Lucía, pero no había contado con que el enemigo traería refuerzos. Diez adultos más significaban diez obstáculos adicionales.
"Tendré que modificar los puntos del plan", pensó con gravedad, mientras apretaba su mochila contra el pecho.
En la primera fila del autobús, Alexander de la Vega experimentaba lo que él definiría como un error logístico. Por primera vez en años, estaba sentado sobre un asiento de espuma barata, rodeado de gritos, canciones infantiles desafinadas y el movimiento constante de un vehículo que parecía no tener amortiguadores.
Pero lo peor no era la incomodidad física. Era el aislamiento.
Alexander iba sentado solo. Ningún niño se había atrevido a sentarse a su lado; de hecho, la hilera de asientos paralela estaba vacía. Los pequeños lo miraban como si fuera una estatua de mármol que 17
podría cobrar vida y tomarles un examen final. Él, fiel a su armadura, mantenía su cara de superioridad, con la mirada perdida en la carretera, aunque por dentro se preguntaba si su perfume de diseñador era demasiado fuerte para el entorno o si, simplemente, proyectaba un aura de "no molestar" que incluso los ninos mas pequenos podían leer.
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En el último asiento, Luis y Alina observaban la escena con una mezcla de diversión y escepticismo.
Luis, que siempre había visto a Alexander como un intruso en el mundo de Lucía, no podía ocultar su molestia.
- ¿Es que ahora también va a participar en todas las actividades de Lucía? -masculló Luis, viendo la nuca rígida de Alexander-. A este paso, pronto lo tendremos operando en la clínica veterinaria, intentando privatizar las cirugías de los gatos callejeros Alina, siempre más pragmática y honesta, soltó una risita suave y le dio un codazo amistoso.


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