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Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí. romance Capítulo 124

Capítulo 124

CAPÍTULO 70

Elisa de la Vega observaba desde la distancia cómo sus hijos, Thiago y Benicio, corrían hacia Lucía apenas terminaron su desayuno. Vio cómo Benicio le mostraba con orgullo su mano ya casi recuperada y cómo Thiago se sentaba a su lado para que ella le ayudara a ajustar las correas de su mochila. La risa de los niños era genuina, una melodía que Elisa apenas escuchaba en la mansión, donde los niños solían estar bajo el cuidado de nanas o recluidos en sus cuartos de juegos.

Una punzada de algo frío y punzante, una mezcla de culpa desplazada y envidia pura, comenzó a gestarse en el pecho de Elisa. Había pasado un buen momento con ellos el día anterior, sí, pero ver esa facilidad de conexión que Lucía poseía -esa calidez natural que los niños buscaban como si fuera un imán- le resultaba insoportable. Le recordaba todo lo que ella no era, o todo lo que había decidido sacrificar en nombre del estatus y la vida social.

Aprovechando que Alexander se había alejado para hablar con Damián sobre la logística del regreso, Elisa se acercó a Lucía. Su caminar era rígido, sus ojos dos rendijas de juicio.

- Lucía, tenemos que hablar -comenzó Elisa, con una voz que pretendía ser casual pero que destilaba veneno-. He notado que te has tomado muchas atribuciones con mis hijos estos días.

Lucía levantó la vista, sorprendida por el tono. Los niños ya se habían alejado unos metros para jugar con Mateo y Sofía.

- Solo estamos pasando tiempo juntos, Elisa. Son unos niños maravillosos y me alegra ver que están disfrutando del campamento -respondió Lucía con sinceridad.

- Disfrutar es una cosa, pero la familiaridad que fomentas es otra -replicó Elisa, dando un paso hacia adelante para invadir el espacio personal de Lucía-. Quiero que te quede algo muy claro: tú no eres la madre de Benicio y Thiago. Por mucho que juegues a la casita en este bosque, no tienes ese vínculo con ellos.

Lucía suspiró, sintiendo que la paz de la mañana se evaporaba. Miró a Elisa a los ojos, manteniendo una calma que solo enfureció más a la otra mujer.

- Ya lo sé, Elisa. Y no pretendo ocupar ese lugar, nunca lo he intentado. Ellos tienen una madre que los quiere mucho, y esa madre eres tú.

- ¡Exacto! ¡Soy yo! -exclamó Elisa, alzando la voz -. Así que ahórrate los consejos silenciosos. No eres nadie para mí, ni para esta familia. No voy a dejar que una aparecida intente decirme, con sus gestos o sus miraditas de reproche, qué debo o no hacer con mis hijos. No tienes derecho a juzgarme.

Tú ni siquiera eres madre, no sabes lo que es esto.

En ese momento, el silencio que siguió a las palabras de Elisa fue pesado. La mujer analizó la expresión de Lucía, que se mantuvo serena pero con una sombra de tristeza, y de repente, una idea cruzó su mente. Miró hacia donde Mateo y Sofía reían, y luego volvió a mirar a Lucía. La comprensión la golpeó como una bofetada.

- No puede ser... -murmuró Elisa, y una sonrisa cruel se dibujó en su rostro-. Ahora lo entiendo todo. El abuelo, las visitas al orfanato, este viaje...

Tú y Alexander pretenden llevar a esos niños a la casa, ¿verdad? Quieres jugar a la familia completa con los huérfanos que trajiste contigo.

- Si eso es lo que piensas de tu propia familia, me das mucha lástima, Elisa -dijo Lucía, dando media vuelta para terminar la conversación.

- ¡La lástima la darás tú cuando te des cuenta de que el cambio de Alexander era solo una estrategia de marketing para el abuelo! -le gritó Elisa mientras Lucía se alejaba.

Lucía caminó hacia el arroyo, necesitando el sonido del agua para acallar las palabras que martilleaban en su cabeza. Se sentó en una piedra, la misma donde Alexander la había ayudado a mover la roca días atrás.

Todo es un medio para un fin.

¿Era posible? ¿Había sido ese beso solo una táctica para asegurar su lealtad? ¿Era el interés por Mateo y Sofía una forma de ablandar el corazón de Augusto?

Lucía cerró los ojos y recordó la calidez de la mano de Alexander en la tienda, la vulnerabilidad en su voz cuando habló de sus miedos, y la forma en que sus ojos brillaron cuando salvaron a Benicio.

Su intuición, esa brújula que la había salvado de hundirse por completo tras la traición de Fernando, le gritaba que Alexander era diferente. Que bajo las capas de hielo y los muros de concreto que el apellido De la Vega le había obligado a construir, había un hombre que realmente estaba aprendiendo a amar. Pero las palabras de Elisa habían sembrado una semilla de duda que se alimentaba del pasado traumático de Lucía.

Lucía respiró hondo, se puso de pie y se sacudió el polvo de los pantalones. Miró hacia Alexander, que seguía observándola desde lejos. Por un segundo, sus miradas se cruzaron y el mundo pareció volver a su eje. Decidió que, por ahora, ganaría la intuición

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