Capítulo 125
CAPÍTULO 71
Mientras observaba a lo lejos la silueta de Lucía junto al arroyo -sin saber que ella acababa de ser blanco del veneno de Elisa-, un pensamiento inusual cruzó la mente del magnate. Por primera vez en años, no estaba pensando en términos de dividendos, sino en la vitalidad que esos niños habían inyectado en su monótona existencia.
Alexander se acercó al grupo de niños que terminaban de recoger sus pertenencias. Mateo y Sofía estaban sentados sobre un tronco, observando con una mezcła de curiosidad y cautela cómo los operarios de la empresa cargaban las camionetas de lujo.
- Mateo, Sofía -dijo Alexander, metiendo las manos en los bolsillos de sus pantalones de campo, tratando de sonar casual-. Estaba pensando que, cuando volvamos a la ciudad, no tiene por qué terminar todo aquí. Me gustaría invitarlos a pasar unos días en la mansión. A compartir un tiempo con Lucía...y conmigo.
Sofía, cuyos ojos siempre estaban listos para la aventura, saltó del tronco de inmediato.
- ¿A la casa grande? ¡¿La que tiene el jardín gigante?! - empezó a gritar, dando saltitos de alegría-. ¡Sí, sí, sí! ¡Mateo, vamos a ir a una mansión!
Mateo, sin embargo, se mantuvo firme. Sus ojos oscuros analizaron a Alexander con esa desconfianza protectora que se había convertido en su escudo. No era tan fácil de comprar con techos altos y jardines -¿Por qué? -preguntó Mateo secamente-. Lucía trabaja para vos. Nosotros no somos parte de tu familia.
- No se trata de trabajo, Mateo -respondió Alexander, agachándose un poco para quedar al nivel del niño-. Se trata de que... bueno, parece que a Lucía le haría muy feliz tenerlos cerca. Y a mí me vendría bien alguien que me enseñe a no ser tan aburrido, según tus propias palabras.
Mateo pareció considerar la oferta, viendo la ilusión desbordante en el rostro de su hermana pequeña.
Estaba a punto de ceder cuando una voz fría y autoritaria cortó el aire como un látigo.
Roberto de la Vega, que había estado supervisando la carga de sus maletas de piel italiana, se acercó al grupo con una expresión de absoluto desagrado.
Había escuchado lo suficiente para que su sentido de la casta se viera amenazado.
- Alexander, por favor -intervino Roberto, colocándose al lado de su sobrino-. Una cosa es tener un gesto de caridad en este lugar remoto, rodeado de pinos, y otra muy distinta es perder el sentido de la realidad. Nuestra casa no es un centro de orfanatos. Está bien compartir unas horas, pero no hace falta revolvernos todos. Hay jerarquías que existen por una razón El silencio que siguió fue sepulcral. Sofía dejó de saltar y se escondió detrás de Mateo. La alegría en su rostro fue reemplazada por una confusión dolorosa. Mateo, por su parte, apretó los puños; esa era exactamente la razón por la cual no confiaba en los hombres de traje.
Alexander sintió que una rabia gélida le recorría la espina dorsal. Miró a su padre, viendo en él la representación de todo lo que Lucía le había enseñado a cuestionar - Esa casa, tío, es mi hogar tanto como el tuyo - replicó Alexander, y su voz sonó como el acero chocando contra el hielo-. Y estos niños no son caridad. Son los invitados de mi esposa y, por extensión, los míos. Si te molesta que el apellido De la Vega se mezcle con la humanidad, quizás el problema sea tu concepto del apellido y no los niños.
- Estás perdiendo el juicio por esa mujer, Alexander -masculló Roberto, bajando la voz para que no lo oyeran los empleados-. No conviertas nuestra propiedad en una guardería de beneficencia.
- Mejor no vamos a ir a tu casa, Alexander - interrumpió Sofía con una vocecita quebrada. Se aferró al brazo de Mateo, mirando al suelo-. No queremos molestar. Mateo tiene razón, no somos de tu familia.
Alexander sintió una punzada de culpa y frustración. Miró a la pequeña, cuyo entusiasmo se había marchitado en un segundo por la arrogancia de su padre. Roberto se alejó con un gesto de suficiencia, creyendo haber ganado la batalla, pero Alexander no estaba dispuesto a dejar que esa fuera la última impresión de los niños - Sofía, mírame -pidió Alexander, ignorando la mirada de triunfo de Roberto a lo lejos-. Mi tío tiene una visión del mundo muy pequeña. Pero yo soy el que decide quién entra en mi vida. Si no quieren ir a la mansión, lo entiendo. No quiero que se sientan incómodos.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí.