Capítulo 126
CAPÍTULO 72
Alexander de la Vega se encontraba de pie junto a la cabaña principal, observando el despliegue logístico con una taza de café -esta vez, sin sal ni pimienta- en la mano. A pesar del dolor persistente en su espalda y del cansancio acumulado, no sentía la urgencia frenética de volver a la oficina que solía experimentar en sus viajes de negocios.
- ¿En qué piensas, Alexander? -la voz de Lucía lo sacó de sus pensamientos.
Ella se acercó cargando dos mochilas pequeñas. Su rostro estaba limpio, pero sus ojos reflejaban una mezcla de satisfacción y melancolía. Alexander dejó la taza en la barandilla y la ayudó con el peso de las maletas.
- Pienso en que hace cuatro días odiaba este lugar -admitió él con una sonrisa torcida-. Y ahora, por extraño que parezca, me preocupa volver a la ciudad. Aquí las reglas son simples, Lucía. En la mansión, las paredes tienen oídos y veneno.
Lucía asintió, mirando hacia donde Damián y la señora Fanny terminaban de cargar el minibus de lujo de los De la Vega.
- El bosque ha sido nuestro refugio -susurró ella -. Pero lo que construimos aquí, Alexander, tenemos que llevarlo con nosotros. No podemos dejarlo olvidado aquí.
Alexander la tomó de la mano, sin importarle que Roberto o Victoria pudieran estar observando desde algún rincón.
- No lo dejaremos -prometió él-. El plan del cine sigue en pie. Y la tienda grande que le encargué a Damián... ya está en camino a la mansión. Pienso armarla en el jardín trasero para que volvamos a sentir la experiencia del campamento con los niños, todos; Sofia, Mateo, Benicio y Thiago.
Lucía sintió un nudo de emoción en la garganta.
Alexander no solo estaba aceptando a los niños, estaba integrando su mundo al de él.
Mientras tanto, en el otro extremo del campamento, la despedida de los niños era mucho más ruidosa. Mateo y Thiago intercambiaban estrategias de supervivencia para la ciudad, mientras Sofía y Benicio se prometían compartir sus juguetes favoritos.
- ¿Me vas a dejar jugar con tu consola, Ben? - preguntaba Mateo, intentando sonar desinteresado.
- Gracias por recibirnos, hermana -dijo Alexander-. VegaCorp seguirá apoyando el orfanato, pero esta vez no será solo a través de una transferencia bancaria. Volveremos a compartir todos juntos Llegó el momento de subir a los vehículos. El minibus de lujo esperaba con el motor encendido, pero Alexander se detuvo frente a la puerta del autobús escolar donde los niños ya estaban subiendo con gritos de alegría.
- Alexander, ¿qué haces? -preguntó Roberto, asomándose por la ventanilla del coche de lujo-. El chófer ya está listo.
- Vayan ustedes, tío -respondió Alexander sin girarse-.Yo volveré en el autobús con Lucía y los niños. Me prometieron que me enseñarían una nueva canción de campamento y no quiero perdérmela Elisa y Rodrigo intercambiaron miradas de incredulidad. Ver al heredero de los De la Vega subir a un autobús ruidoso y destartalado nuevamente era la señal definitiva de que el hombre que entró en el bosque no era el mismo que salía de él El viaje de regreso fue muy distinto al de ida. No hubo silencio tenso en la primera fila. Alexander iba sentado entre Mateo y Sofía, quienes se peleaban por mostrarle fotos en un viejo álbum que habían llevado. Lucía iba al lado de ellos, apoyando su cabeza en el hombro de Alexander, disfrutando de la cacofonía de risas infantiles que llenaba el vehículo.
Alexander apretó la mano de Lucía bajo la pequeña manta que compartían.
- Se acabó el recreo, ¿verdad? -susurró él, mirando el perfil de los rascacielos que se acercaban.
- El recreo sí -respondió Lucía, mirando por la ventana-. Pero nosotros somos diferentes ahora, Alexander.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí.