Capítulo 129
CAPÍTULO 74
El señor Navarro presidía su lado de la mesa con la rectitud de un juez, flanqueado por su contador principal, el señor Estrada, un hombre de rostro inexpresivo y ojos agudos que parecía capaz de leer las mentiras entre los números.
Roberto de la Vega observaba la escena con una satisfacción contenida, mientras Rodrigo jugueteaba con su pluma, lanzando miradas furtivas a su primo. Alexander, por su parte, mantenía la espalda recta, con el rostro endurecido por la sospecha. Sabía que esta auditoría no era un trámite, sino una cacería.
El señor Estrada comenzó su exposición con una voz monótona pero firme, proyectando sobre la pantalla gigante los pasos del proceso.
- Para garantizar la transparencia absoluta que la firma Navarro exige, necesitaremos acceso total a los libros auxiliares, las conciliaciones bancarias de los últimos seis meses y, sobre todo, los registros de gastos de los proyectos sociales iniciados bajo la actual presidencia -dijo Estrada, ajustándose las gafas-. La señora Presidenta deberá estar disponible para validar cada asiento contable que genere dudas. Necesitaremos su firma y su justificación técnica en cada paso.
Alexander asintió mecánicamente, pero algo en su visión periférica lo distrajo. Lucía, sentada a su derecha, no parecía estar allí. Sus manos estaban ocultas bajo la mesa, pero sus hombros estaban tensos y su mirada, fija en su regazo, revelaba una preocupación que no tenía nada que ver con los activos y pasivos de la empresa.
- Señora Lucía -continuó Estrada, dirigiéndose directamente a ella-, ¿podemos contar con que el departamento legal nos entregue los contratos de todos los proveedores antes del mediodía?
Lucía no respondió. Permaneció inmóvil, como si fuera una decoración más del salón. Alexander frunció el ceño. Podía ver el reflejo de una luz blanca parpadeando rítmicamente en los cristales de las gafas del señor Navarro. Era la pantalla de su celular.
- Lucía... -susurró Alexander, inclinándose ligeramente hacia ella, esperando que los Navarro no notaran su distracción-. Lucía, te están hablando.
Ella dio un pequeño respingo, como si la hubieran despertado de un sueño profundo. Sus ojos se enfocaron por un segundo en Estrada, pero volvieron a descender hacia el teléfono que sostenía oculto sobre sus rodillas.
- ¿Qué sucede? -preguntó Alexander de nuevo, esta vez con un tono más urgente, casi imperceptible para el resto de la sala.
Lucía sintió que el corazón le latía en la garganta.
En la pantalla del celular, los mensajes de Luis se acumulaban con una velocidad alarmante. "Lucía, hubo un problema con la caldera de la clínica, hay una fuga de gas y los animales están inquietos. La nueva veterinaria entró en pánico. Necesitamos tu autorización para el traslado de emergencia de los postoperatorios. No logramos contactar con el seguro".
La cabeza de Lucía era un campo de batalla. En su cuerpo sentía el peso del traje de Presidenta, la mirada inquisidora de su tío político y la presión gélida de los auditores. Pero su mente estaba en los pasillos de su clínica, escuchando los ladridos angustiados y el olor del gas que ponía en peligro lo que ella más amaba: su vocación.
- Sí... por supuesto -logró decir Lucía, con una voz que sonó extraña a sus propios oídos-. El departamento legal... lo tendrá listo.
Roberto de la Vega arqueó una ceja, lanzando una mirada cómplice al señor Navarro.
- - ¿Se siente bien, Presidenta? -preguntó Roberto con un tono que pretendía ser preocupado pero que chorreaba sarcasmo-. Parece que las cifras la tienen abrumada. Quizás el aire del campamento la dejó un poco... dispersa.
- Estoy bien -mintió Lucía, guardando el celular en el bolsillo de su chaqueta con manos temblorosas.


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