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Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí. romance Capítulo 135

Capítulo 135

CAPÍTULO79

Lucía y Alexander solo habían hablado lo estrictamente necesario en los últimos días. Se limitaban a intercambiar acuerdos sobre horarios, breves actualizaciones sobre la auditoría externa que pesaba sobre la empresa y comentarios superficiales sobre el clima que servían como escudos para evitar cualquier roce personal. Nada más. La calidez que en algún momento pareció asomarse entre los dos se había evaporado.

Lucía, decidida a recuperar el orden en su vida y, sobre todo, en su clínica veterinaria, había optado por dormir en su antigua casa. Los problemas de gas que la habían obligado a mudarse temporalmente a la mansión De la Vega estaban finalmente resueltos. Alexander no se había opuesto a su partida -su orgullo herido no se lo permitía-, pero el brillo cínico y oscuro en sus ojos se había intensificado cada vez que la veía salir de la oficina al final de la jornada. Era como si cada paso que ella daba hacia su independencia fuera un desafío directo a su control.

Sin embargo,a pesar de la tensión, Lucía aún guardaba una pizca de confianza en él. Pensaba que Alexander, pese a su frialdad, era un hombre de palabra en lo que respectaba a los niños. Él les había prometido a Sofía y a Mateo, y a sus pequeños sobrinos Benicio y Thiago, que los llevaría personalmente a una tarde de cine y helados.

Pero el mundo de Alexander de la Vega no se detenía por promesas infantiles, por muy solemnes que fueran.

Una llamada de último momento, mientras él revisaba unos informes durante el desayuno, cambió el rumbo del día. Una reunión de carácter urgente con inversores internacionales, aquellos que representaban el capital necesario para el próximo gran proyecto de la empresa, se había trasladado inesperadamente al exclusivo club de campo de golf. El instinto de tiburón de Alexander, esa fuerza motora que lo había llevado a la cima de la pirámide financiera, tomó el control absoluto.

Lucía llegó al orfanato puntual. Allí debía encontrarse con Alexander. Los niños ya estaban listos.

La respuesta nunca llegó.

Alexander tampoco llegó.

-¿No va a llegar? -preguntó Sofía por octava vez.

Su voz, normalmente alegre y vibrante, sonaba pequeña, casi quebrada. Una enorme cara de decepción nublaba su rostro, y sus dedos jugueteaban nerviosos con el borde de su vestido.

Lucía sintió una punzada de rabia pura contra Alexander. Era una furia que le quemaba la garganta. Buscó nuevamente en su teléfono, esperando un "voy en camino" o un "lo siento, me retrasé", pero la pantalla seguía vacía. El desprecio de Alexander por los sentimientos de los demás acababa de alcanzar un nuevo nivel de crueldad.

- Nos falló, Lu. Prometió que nos pasaría a buscar -insistió Sofía, bajando la mirada hacia sus sandalias plateadas, las mismas que había elegido con tanto esmero porque Alexander una vez le dijo que brillaban como estrellas..

Lucía se acercó y se arrodilló frente a ellos en el patio del orfanato, tratando de mantener la calma.

El resentimiento hacia el magnate amenazaba con desbordarse, pero no quería que su veneno infectara la percepción que los niños tenían de él.

No quería ser ella quien destruyera la imagen del "tío Alexander" que ellos habían construido el fin de semana pasado. Pero la irresponsabilidad era un hecho que ya no podía ocultar tras excusas elegantes.

- Podemos seguir el plan sin él -dijo Lucía, forzando una sonrisa e intentando inyectar un entusiasmo que no sentía en su voz-. Yo los llevaré. Tendremos la mejor tarde de todas.

Mientras tanto, en el campo de golf, el destino le jugaba una carta irónica a Alexander. La reunión que él consideraba vital resultó ser un desastre estratégico. Los inversores internacionales, hombres de familia con valores tradicionales, no estaban allí para hablar solo de edificios y asfalto.

Habían seguido de cerca la trayectoria de la empresa y, sobre todo, la figura de Lucía Flores.

- Señor De la Vega -había dicho el líder del grupo inversor mientras observaba el green-, nuestro interés en este proyecto depende de la estabilidad y la visión que aporta su esposa, la actual presidente de la compañía. Queríamos conocerla hoy. Sin la presencia de la mujer que ha dado un cambio de ética a su empresa, no estamos listos para firmar nada.

Alexander se quedó gélido. Los hombres querían a Lucía. La reunión terminó antes de lo previsto, dejando a Alexander con un sabor amargo a derrota y una sensación de vacío que nunca antes había experimentado en el mundo de los negocios.

Fue solo cuando regresó a la mansión, casi al atardecer, que la realidad lo golpeó de frente.Al entrar con el coche, se encontró con una imagen que lo detuvo en seco. Benicio y Thiago estaban sentados en el escalón de la entrada principal, solos, esperando a que sus padres vinieran a recogerlos. Sus sombras se alargaban sobre el mármol, acentuando su soledad.

- Maldición -masculló para sí mismo, golpeando el volante con la palma de la mano. El recordatorio de su falta llegó con la fuerza de un huracán.

Bajó del auto, dejando la puerta abierta, y caminó hacia sus sobrinos. Intentó esbozar una de sus sonrisas de suficiencia, una de esas que solían arreglarlo todo. Pero al verlo, los niños no corrieron hacia él. No hubo gritos de alegría, ni reproches por la película que no fueron a ver, ni manos extendidas pidiendo helado.

Simplemente levantaron la vista. Fue una mirada de decepción silenciosa, una tristeza tan pura y carente de rencor que Alexander sintió que la camisa le apretaba el cuello hasta asfixiarlo.

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