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Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí. romance Capítulo 145

CAPÍTULO 85

Lucía se asomó a la puerta del baño, donde Alexander terminaba de arreglarse los gemelos de la camisa frente al espejo.

— Alexander —llamó ella, con un vestido negro en una mano y uno azul en la otra—. ¿Cómo debería ir vestida a este restaurante? No quiero parecer que voy a una gala, pero tampoco quiero faltarles el respeto.

Alexander se giró, evaluando las opciones con ojo crítico.

— Es una cena de negocios, pero relajada. Tanaka valora la autenticidad más que la ostentación. —Señaló el vestido azul—. Ese color resalta tus ojos. Cualquier vestido de cóctel no tan elegante iría bien. Algo sencillo, pero con clase. Confío en tu criterio.

— Gracias. —Lucía sintió un alivio al ver que él no intentaba imponerle un estilo—. Dame veinte minutos.

— Te espero en la entrada principal. Tómate tu tiempo.

Alexander bajó las escaleras, saludando a Fanny con un gesto de cabeza, y salió al pórtico donde el Aston Martin ya estaba preparado. La noche estaba fresca. Se apoyó en el capó del coche, cruzando los brazos, y esperó.

No tuvo que esperar mucho.

Cuando escuchó el sonido de los tacones repiqueteando sobre el mármol del vestíbulo, levantó la vista.

Lucía apareció en el umbral de la puerta.

Había elegido un vestido de cóctel de seda color azul medianoche, de corte medio, con mangas largas y un escote discreto en la espalda. Llevaba el cabello recogido en un moño bajo y desenfadado, dejando escapar algunos mechones que enmarcaban su rostro, y un maquillaje sutil que sólo realzaba su belleza natural.

Alexander sintió que el aire se le escapaba de los pulmones por un segundo.

Una sonrisa genuina, desprovista de cinismo, se dibujó en sus labios mientras se acercaba a ella.

— Lucía... —murmuró él, tomándole la mano para ayudarla a bajar el último escalón—. Eres una mujer impresionante.

Ella sonrió, bajando la vista con timidez ante el cumplido directo.

— ¿Tú crees? ¿No es demasiado simple?

Se sentaron. Alexander quedó a su lado, protector pero dejándole espacio.

La cena comenzó con una sucesión de platos exquisitos y delicados, acompañados de sake caliente.

Al principio, la conversación giró en torno a generalidades sobre la ciudad y el clima, pero pronto, la atmósfera se relajó. Lucía, lejos de quedarse callada como un adorno, participó activamente.

— Señora Lucía —dijo uno de los ejecutivos, el señor Ogawa—, Tanaka-sama nos ha contado sobre su visión de la tecnología humanista. Es muy raro encontrar eso en Occidente. Aquí suelen preferir la velocidad sobre la calidad de vida.

— Creo que es un error de cálculo a largo plazo —respondió Lucía, tomando su copa de sake—. Una máquina puede ser rápida, pero no tiene lealtad. Un empleado que se siente cuidado, cuidará la empresa. Es una inversión circular. En veterinaria pasa lo mismo: si tratas al animal con amor, sana más rápido que si solo le das medicina. El estrés retrasa la curación y la productividad.

— ¡Interesante comparación! —exclamó el hijo de Tanaka, un joven de unos veinticinco años llamado Kenji, que la miraba con fascinación absoluta—. ¿Usted aplica principios médicos a la gestión empresarial?

— Digamos que aplico principios de supervivencia —rió ella—. Al final, todos somos seres vivos buscando bienestar.

Alexander observaba la escena mientras bebía su sake. Sentía cómo los demás hombres la miraban. No había falta de respeto en sus ojos, al contrario, había admiración. Estaban cautivados. Lucía tenía ese don de hacer que cualquiera se sintiera escuchado e importante.

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