CAPÍTULO 88
Lucía y Alexander llegaron a las oficinas corporativas con el cuerpo cansado por las pocas horas de sueño, pero con una energía renovada que no pasó desapercibida para nadie en el vestíbulo.
Había algo diferente en la forma en que caminaban juntos. Alexander le sostenía la puerta con una naturalidad que hablaba de intimidad, y Lucía se movía a su lado con la seguridad de saberse respaldada, no solo por el contrato, sino por la piel.
Apenas se abrieron las puertas del ascensor en el piso ejecutivo, la realidad corporativa los golpeó de frente. En el pasillo, saliendo de la sala de conferencias con maletines y laptops, se encontraba el señor Navarro y su equipo de auditores externos. Junto a ellos, con una expresión que oscilaba entre la petulancia y la ansiedad, estaba Rodrigo De la Vega.
— Señor Navarro —saludó Lucía, deteniéndose frente al grupo—. Buenos días. Veo que han madrugado.
El auditor principal, un hombre canoso y de pocas palabras, asintió respetuosamente.
— Señora Presidenta, señor De la Vega. Sí, hemos concluido la fase de recolección de datos in situ de la Fundación y de las cuentas operativas vinculadas a la gestión del señor Rodrigo.
— ¿Y bien? —preguntó Alexander, yendo al grano—. ¿Hay un veredicto?
— Todavía no, señor —respondió Navarro con cautela profesional—. Tenemos mucha información que procesar. Los cruces de facturas y las verificaciones bancarias llevarán tiempo. Los resultados definitivos y el informe estarán listos en unas semanas.
Rodrigo soltó una risa nasal, corta y despectiva, metiéndose las manos en los bolsillos del pantalón.
— Ya sabes lo que van a encontrar, Rodrigo: nada. —Rodrigo miró a Lucía con desafío—. Sabes que no encontrarán nada irregular. Esta auditoría solo fue una pérdida de tiempo y dinero de la empresa. Un capricho para intentar manchar mi reputación frente al abuelo.
Lucía lo miró con calma.
— Si no hay nada, Alexander, entonces no tienes de qué preocuparte. La transparencia nunca es una pérdida de dinero; es una inversión en confianza.
Rodrigo apretó los labios. Sus ojos, buscando cualquier arma para contraatacar, recorrieron la ropa de ambos. Notó las ligeras arrugas en la camisa de Alexander y el hecho de que Lucía llevaba el mismo bolso que el día anterior.
Una sonrisa maliciosa curvó sus labios.
— Por cierto... —dijo Rodrigo, bajando el tono para que los auditores no escucharan, pero lo suficientemente alto para ser molesto—. Anoche estuve esperando para discutir unos temas de logística urgente, pero noté que ninguno de los dos volvió a la mansión.

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