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Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí. romance Capítulo 202

Capítulo 202

Rodrigo hizo ademán de levantarse, pero algo en la mirada de Alexander lo detuvo.

Roberto, rojo de ira por la insubordinación de los niños, abrió la boca para gritar de nuevo.

Pero su voz fue interrumpida.

No por Alexander. No por Lucía.

- Bienvenido, Kai.

La voz era rasposa, profunda y absolutamente inconfundible. Resonó fuerte y clara desde la puerta del despacho privado que estaba en la penumbra del fondo del salón.

Todos se congelaron.

Roberto se quedó con la boca abierta. Elisa palideció hasta parecer un fantasma. Alexander sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

Lentamente, todas las cabezas se giraron hacia la puerta del despacho.

Allí, apoyado en su bastón de ébano, pero de pie y erguido, estaba Augusto De la Vega.

No llevaba bata de hospital. Estaba pálido, sí, y había ojeras bajo sus ojos, pero estaba vivo. Muy vivo. Y sonreía.

- Me hace feliz ver que la familia se agranda -dijo Augusto, avanzando paso a paso hacia el centro del salón-. Y me hace más feliz ver que mis biznietos tienen el coraje de defender a los indefensos. Eso es ser un De la Vega.

El silencio fue absoluto. Nadie podía hablar. La última vez que lo habían visto, estaba siendo cargado en una ambulancia con un ataque cardíaco.

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Matilde tampoco hablaba. Se había quedado de pie junto a la chimenea, con las manos juntas, y solo tenía una sonrísa enigmática y satisfecha en su rostro. Ella sabía. Ella siempre había sabido.

- ¡Bisabuelo! -gritó Benicio.

Los dos niños salieron corriendo y se abrazaron a las piernas de Augusto con cuidado. El patriarca soltó el bastón y puso sus manos sobre las cabezas de los niños.

- Hola, pequeños. Escuché que fueron al parque.

Sé que trabajaron juntos. Sé que no se mataron. Y realmente espero que sigan así, Roberto. Es mi mayor anhelo. Que cuando yo no esté de verdad, ustedes no destruyan lo que construí.

Alexander, que había estado observando todo con una mezcla de alivio inmenso y sospecha creciente, se adelantó. Se paró frente a su abuelo, con Lucía a su lado.

Kai, el perro, se acercó a Augusto y le olió los zapatos. Augusto bajó la mano y lo acarició.

- Abuelo -dijo Alexander, mirándolo fijamente -. No deberías de estar acostado, descansando. Un infarto no se cura en una semana.

Augusto lo miró. En sus ojos había una chispa de complicidad.

- Quédate tranquilo, muchacho. Mi corazón está un poco maltrecho, pero mi cabeza está perfecta. Y mi corazón...bueno, mi corazón se siente mejor ahora que veo a la familia reunida y no gritando.

- No lo vamos a arruinar -prometió Alexander-.

Hemos mantenido el barco a flote.

- Sin embargo -Alexander tomó aire, sabiendo que era el momento. No podía esperar más. La claridad que había obtenido en el parque, la conexión con Lucía, la realidad de los niños... todo le indicaba que su tiempo en la silla del CEO había terminado-. Hay cambios que te quiero notificar, abuelo. Cambios que no pueden esperar.

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