CAPÍTULO 87
El beso, que había comenzado como una reafirmación suave en el balcón, se transformó al cruzar el umbral del salón. El aire frío de la noche quedó atrás, reemplazado por la calidez regulada del ático y una tensión que ya no era de confrontación, sino de una entrega largamente postergada. Alexander cerró la puerta de cristal tras ellos con un movimiento fluido, sin romper el contacto de sus labios con los de Lucía.
En ese espacio, que él siempre había llamado su refugio de soledad, la presencia de ella lo cambiaba todo. El saco de Alexander, que aún colgaba de los hombros de Lucía, resbaló al suelo de madera oscura sin que ninguno le prestara atención. Las manos de Alexander buscaron la cintura de ella, atrayéndola con una urgencia contenida, mientras Lucía enredaba sus dedos en el cabello de él.
Para Lucía, el tiempo pareció curvarse. Durante diez años, su cuerpo había sido una fortaleza cerrada, un territorio protegido por el miedo y la memoria de una traición que la había dejado a la deriva bajo la lluvia. Pero allí, ya no era la Presidenta, ni la veterinaria, ni la esposa de un contrato legal. Era una mujer redescubriendo el mapa de su propio deseo en los brazos del hombre que, irónicamente, había sido su escudo contra el mundo.
Alexander la guió con suavidad hacia la habitación principal. No había prisa, pero sí una determinación absoluta. Al borde de la cama, Alexander se detuvo para mirarla, buscando en sus ojos una confirmación final.
— ¿Estás segura? —susurró él, con la voz cargada de una vulnerabilidad que nunca permitía que el mundo viera.
Lucía no respondió con palabras. Se acercó a él y terminó de desabotonar su camisa, dejando que sus dedos rozaran la piel cálida de su pecho. Fue un gesto de propiedad, de aceptación.
La noche transcurrió entre susurros y caricias que llevaban tiempo acumulándose. No hubo la torpeza del primer encuentro casual, sino la intensidad de dos personas que se conocían en la teoría y finalmente se encontraban en la práctica. Para Lucía, dejarse llevar fue un acto de valentía; cada caricia de Alexander borraba una cicatriz antigua, cada beso era un nuevo contrato escrito sobre la piel. Se reconoció en él, en la fuerza de sus brazos y en la suavidad de sus manos cuando recorrían su espalda. Y se dejó llevar.
Horas más tarde, Lucía estaba apoyada en el pecho de Alexander, envuelta en las sábanas de hilo, escuchando el latido rítmico de su corazón. El silencio ya no era expectante; era reparador.
Alexander le acariciaba el brazo con pereza, mirando hacia el ventanal donde la ciudad empezaba a despertar. La cercanía física había abierto una brecha de honestidad aún más profunda.
— Lucía —dijo él en voz baja, rompiendo la quietud—. He estado pensando mucho en lo que dijiste en el campamento... sobre Mateo y Sofía.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí.