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Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí. romance Capítulo 419

CAPÍTULO 8

Mientras los empleados terminaban de servir los aperitivos previos a la cena, Augusto se apartó un momento hacia un rincón del pasillo, fingiendo buscar algo dentro de su bolsillo. Necesitaba un segundo de aire lejos de la mirada penetrante de Matilde.

Elena lo siguió de cerca, moviéndose con la gracia felina de quien sabe que cada paso suyo es observado y juzgado. En ese pasillo alfombrado, lejos de los oídos de los Valente, el ambiente cambió.

Elena Duval no era una mujer fácil de engañar. Había pasado años interpretando tragedias en el escenario y reconociendo el drama en la vida real antes de que el telón se levantara. En el momento en que Augusto y Matilde se cruzaron en la entrada, ella sintió una vibración en el aire, una frecuencia tan alta que amenazaba con romper los cristales de la estancia.

— Pudiste haber engañado a ese engreído de Enrique, pero no a mí, Augusto —susurró Elena, acercándose tanto que el aroma de su perfume francés lo envolvió. Su voz era un ronquido suave, cargado de una inteligencia peligrosa— Me invitaste a esta cena no por el hombre, sino por la mujer. Esa mirada entre ustedes no era la de dos personas que se acaban de conocer. Hay un abismo de historia en ese silencio.

Augusto no apartó la vista del fondo del pasillo, pero su mandíbula se tensó hasta que los músculos de su cuello se marcaron bajo el cuello almidonado de la camisa.

— No sé de qué estás hablando, Elena. Concéntrate en tu papel y deja de buscar fantasmas donde solo hay negocios —respondió él, con una voz que pretendía ser indiferente pero que vibraba con una furia contenida.

— Mi papel es ser tu acompañante, no tu cómplice en mentiras mal ejecutadas —replicó ella, abanicándose con una mano enguantada mientras una sonrisa ladina curvaba sus labios pintados de carmín— Tú y esa mujer, Matilde, se conocen. La Señora Saldívar, como tú la llamaste. Hay una historia entera en ese “no” que soltaste en la entrada.

Augusto finalmente se giró hacia ella. Sus ojos eran dos pozos de oscuridad, despojados de cualquier rastro de la calidez que alguna vez habitaron.

— Te pagué para que fueras mi brazo derecho esta noche, no mi confesora —sentenció él, acortando la distancia para que sus palabras solo llegaran a ella— Lo que yo tenga o no con el pasado de esta ciudad no es de tu incumbencia. Limítate a ser la mujer que todos envidien.

Elena lo observó con detenimiento. Ella sabía perfectamente, por los mentideros del casino y los camerinos del teatro, que Matilde Valente seguía siendo la "eterna prometida". Los rumores eran el pan de cada día en la alta sociedad: la hija de los Valente nunca había llegado al altar, estirando un compromiso que ya rozaba el escándalo. Sin embargo, al ver la rabia de Augusto y cómo la llamaba "Señora" con ese desprecio absoluto, Elena comprendió que él creía que el matrimonio se había consumado.

Una chispa de ambición se encendió en el pecho de la actriz. Augusto de la Vega no era solo un cliente; era el hombre más poderoso que había conocido, un diamante en bruto. Si ella le aclaraba que Matilde seguía soltera él correría a sus brazos. Pero si dejaba que siguiera creyendo la mentira, Augusto se quedaría a su lado, buscando consuelo en su fuego o venganza en su compañía.

— Augusto, esa mujer... —comenzó Elena, fingiendo una duda que no sentía, tentando al diablo.

— Basta —cortó él, con una frialdad que la hizo retroceder un paso— No te contraté para que pensaras, Elena. Esta noche no te necesito para eso. Solo tienes que sonreír, lucir ese vestido y ser la mujer más despampanante de la sala. Deja que yo me encargue del resto.

Elena sonrió, una sonrisa perfecta y vacía, aceptando el desafío. Decidió en ese instante que no le diría la verdad. Dejaría que Augusto sufriera en su error, mientras ella se aseguraba de ocupar el lugar que Matilde parecía haber dejado vacante.

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