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Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí. romance Capítulo 416

CAPÍTULO 5

Augusto subió a la suite presidencial, un refugio de techos altos y ventanales que ofrecían una vista panorámica de la ciudad que pretendía conquistar. Al entrar, se quitó la chaqueta y la arrojó sobre un sillón de cuero. Se acercó al mueble bar, sirviéndose un whisky puro. El tintineo de los hielos contra el cristal fue el único sonido que rompió el silencio, hasta que una voz surgió desde la penumbra del balcón.

— ¿Y bien? ¿La viste? —preguntó Carlos, entrando en la estancia.

Carlos también había cambiado. Aunque no poseía la intensidad oscura de Augusto, vestía con una elegancia que ocultaba sus orígenes humildes. Se apoyó en el marco de la puerta, observando a su amigo con una mezcla de preocupación y curiosidad.

Augusto no respondió de inmediato. Bebió un sorbo largo, sintiendo cómo el alcohol le quemaba la garganta, un recordatorio de que estaba vivo y de que el dolor seguía ahí, intacto. Sabía perfectamente por quién estaba preguntando Carlos.

— Fui al banco —dijo finalmente Augusto, manteniendo la voz plana— Cerré el primer trato con Enrique Saldívar.

— No me hables de negocios, Augusto —Carlos caminó hacia él y le arrebató la botella para servirse otra copa— Aunque me lo niegues mil veces, sé que vinimos aquí, que regresamos a esta ciudad maldita, por ella. Podríamos haber creado la empresa en la capital, o incluso en el extranjero donde ya tenemos contactos. Pero elegiste este lugar.

Augusto apretó los dedos alrededor del vaso.

— Si queremos crear una empresa que domine el sector naviero y financiero, es aquí donde tenemos que hacerlo —respondió, intentando convencerse a sí mismo tanto como a Carlos— Aquí están las rutas, aquí está el capital de los Saldívar y la infraestructura de los Valente. Es una decisión estratégica.

— Es una venganza, y lo sabes —replicó Carlos, soltando una risa seca— O mejor dicho, un corazón roto. ¿La viste o no?

— Vi a su padre —confesó Augusto, y una chispa de satisfacción cruel brilló en sus ojos— El gran Rodolfo Valente. Me dio la mano, Carlos. Me sonrió. Me trató como a un igual. El mismo hombre que me pateó en un balcón hace tres años ahora me ve como el salvador de sus finanzas. No tiene la menor idea de quién soy.

Carlos negó con la cabeza, suspirando.

— ¿Una mujer? —Carlos arqueó una ceja— Tienes a media ciudad deseando una invitación tuya desde que llegaste.

— No quiero a cualquiera. Necesito una mujer que sepa manejarse en esos círculos —Augusto se ajustó la camisa, sus ojos brillando con un plan recién trazado— ¿Dónde puedo conseguir una mujer para ir a esa cena?

Carlos sonrió, una sonrisa pícara que recordaba a sus días de juventud aventurera.

— Si buscas belleza, audacia y alguien que no se asuste por unos cuantos diamantes y un poco de hipocresía… solo hay un lugar. Vayamos al casino. A estas horas, las mesas de ruleta están llenas de mujeres que buscan fortuna y hombres que buscan distracción. Seguro conoceremos a alguien que esté dispuesta a interpretar el papel de tu acompañante por una buena suma… o por el simple placer de arruinarle la noche a la alta sociedad.

Augusto asintió. La idea le atraía. Entrar en la casa de Enrique Saldívar con una mujer despampanante en el brazo sería el primer golpe de su guerra personal.

— Vamos, entonces —dijo Augusto, poniéndose de nuevo la chaqueta— Necesito aire, y necesito encontrar la pieza que falta en mi tablero.

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