CAPÍTULO 9
En el otro extremo del salón, Leticia Valente observaba a Elena Duval con una mezcla de asco y una fascinación morbosa. Sus ojos recorrieron el vestido de Elena, excesivamente ajustado para el decoro de la época, y luego se posaron en la mano de la actriz, que descansaba con demasiada confianza sobre el brazo de Augusto de la Vega. Leticia sintió un escalofrío de oprobio. Se acercó a su marido, Rodolfo, quien permanecía de pie junto a un aparador de caoba, revisando nerviosamente su reloj de bolsillo por quinta vez en diez minutos.
— Rodolfo, ese hombre... ese Augusto... no me gusta nada —susurró Leticia, apretando su abanico de marfil con tanta fuerza que sus nudillos palidecieron— ¿Cómo es posible que hayamos permitido esto? Hemos organizado una cena en su honor, abriendo las puertas de nuestra intimidad a alguien que no sabe lo que es la discreción. Mira la clase de mujer que lo acompaña. Es una cualquiera, una mujer de teatro, una exhibicionista. Es una falta de respeto absoluta para nuestra casa, para nuestra historia y, sobre todo, para Matilde.
Rodolfo la miró con ojos inyectados en sangre. El brillo del éxito que solía habitar en su mirada había sido reemplazado por la opacidad del pánico. El estrés de las deudas, de los barcos anclados que no generaban más que pérdidas lo estaba consumiendo desde adentro.
— Mira, Leticia, escúchame bien porque no lo voy a repetir —siseó Rodolfo, bajando la voz hasta convertirla en un rugido sordo— No me importa si ese hombre trae a una actriz, a una cantante de cabaret o a una cortesana sacada de lo más bajo del puerto. Ese hombre, Augusto de la Vega, tiene en su cuenta bancaria el dinero suficiente para sacar nuestras navieras a flote, para pagar las hipotecas que tú y yo sabemos que nos están asfixiando, y para devolvernos el nombre que estamos a punto de perder en la oficina de un notario. Eso es lo único que importa ahora. El dinero no tiene olor, ni clase, ni moral.
— ¡Pero la decencia, Rodolfo! —reprochó ella, con la voz temblorosa por la indignación— Los Saldívar se escandalizarán. Enrique es un hombre de principios, no querrá que su nombre se asocie con esta... vulgaridad.
— A los Saldívar les importa el dinero tanto como a mí —replico Rodolfo con una amargura que Leticia nunca le había escuchado— Enrique sabe perfectamente quién es De la Vega y qué representa. ¿No te gusta la mujer que lo acompaña? Pues me trae sin cuidado. Ve allí, pon tu mejor sonrisa de anfitriona y sírvele el vino con tu mejor cara. Haz que ese hombre se sienta como un rey, haz que crea que somos sus mejores aliados, para que finalmente suelte el capital que necesitamos.
— No me puedes hacer eso —Leticia sintió que las lágrimas de indignación asomaban a sus ojos, nublando su visión de la fiesta— Humillarme así frente a esa... esa gente. Ser la criada de lujo de un advenedizo.
Rodolfo la tomó por el antebrazo. El agarre no fue tierno; fue una presión fría y desesperada que la asustó.
— Entonces haz tu verdadero trabajo, Leticia. Convence a nuestra hija de que deje de jugar a ser la "eterna prometida" y que se case de una vez con Enrique. Si Matilde fuera ya la esposa legal de Saldívar, si esa unión se hubiera consumado hace tres años como estaba previsto, hoy no dependeríamos de los caprichos de este de la Vega. Haz que ella entienda que su rebeldía, su estúpida resistencia a madurar, nos está matando. Ella es nuestra última moneda de cambio, y tú eres quien debe entregarla.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí.