CAPÍTULO 7
La puerta se abrió y Enrique entró, tambaleándose levemente. Su esmoquin estaba impecable, pero su rostro delataba las horas de juego y alcohol en el casino la noche anterior. Se acercó a ella con una sonrisa lasciva, rodeándole la cintura con sus manos. Matilde se tensó de inmediato, sintiendo el peso de su posesividad.
— Estás deslumbrante, Matilde —susurró él, inclinándose para besarle el cuello— Eres, sin duda, mi mejor activo.
Matilde giró la cabeza, tratando de evitar el contacto. El olor la golpeó de frente: una mezcla rancia de ginebra y tabaco fuerte.
— Enrique, así no me gusta —dijo ella, tratando de sonar firme pero sintiendo cómo la náusea subía por su garganta— Has estado bebiendo de nuevo.
A Enrique no le importó su rechazo. Al contrario, pareció encenderlo más. Se pegó a ella, apretando sus manos contra su abdomen, ignorando que ella intentaba zafarse.
— No seas tan puritana, querida. Pronto serás mi esposa legal y estas escenas tendrán que terminar. Disfruta de la noche, el nuevo socio está por llegar y necesito que seas la anfitriona perfecta.
Cuando ella logró finalmente soltarse de su amarre, sintiéndose sucia bajo sus dedos, murmuró una excusa sobre su maquillaje. Necesitaba un momento de soledad antes de enfrentar la farsa. Se fue a retocar el maquillaje al tocador, respirando hondo, tratando de calmar el temblor de sus manos.
— No es nada —se dijo a sí misma frente al cristal— Solo una cena más. Solo un hombre más.
Pero cuando volvió a la sala principal, el mundo se detuvo.
No era el hombre que ella recordaba. No era el joven desesperado en la orilla del mar. Este hombre emanaba un poder que hacía que el resto de los invitados parecieran sombras. Vestía un esmoquin de corte europeo que acentuaba su figura imponente, pero lo que más dolió fue la mujer que colgaba de su brazo. Elena Duval lucía un vestido carmín que desafiaba toda norma de recato, con una elegancia audaz y una mirada que gritaba que ella era la dueña del hombre que la acompañaba.
La respiración de Matilde cambió. Se volvió errática, corta. Sintió que el aire de la sala se agotaba. Augusto no miraba a nadie; su cabeza estaba en alto, su expresión era de una frialdad absoluta. Pero sus ojos... sus ojos eran dos pozos negros de odio y determinación.
Enrique, ajeno al cataclismo que se desataba en el pecho de su prometida, se acercó a ella rápidamente.
— Ahí está, Matilde. El hombre del que te hablé. El que salvará las navieras de tu padre —Enrique la tomó del brazo, tirando de ella con entusiasmo— Ven, vamos a recibirlo.
Matilde sintió que sus pies no tocaban el suelo mientras Enrique la arrastraba hacia la entrada. Augusto estaba allí. Vivo. Rico. Y acompañado.
— Señor de la Vega, qué placer tenerlo en mi casa —exclamó Enrique, estrechándole la mano con una servidumbre que hizo que Augusto curvara los labios en una mueca de desprecio— Permítame presentarle…
— Un gusto, querida. Augusto me ha hablado tanto de los negocios con su familia... es fascinante ver que la realidad supera las descripciones —dijo Elena, su voz cargada de una ironía que sólo Augusto y ella entendían.
— El placer es mío —logró susurrar Matilde, aunque su voz sonó rota, casi imperceptible.
— ¿Se encuentra bien, señora Saldívar? —preguntó Augusto, con una ceja arqueada, disfrutando claramente del dolor que veía en sus ojos— Parece que el aire de esta casa es un poco... denso.
—Solo es la emoción de la noche, de la Vega —intervino Enrique, riendo de forma nerviosa— Matilde es un poco sensible. Vengan, pasemos al comedor. Tenemos mucho que celebrar.
Augusto dio un paso al frente, pasando al lado de Matilde. El roce de sus hombros fue mínimo, pero para ella fue como si le hubieran arrancado la piel. El perfume de él, una mezcla de sándalo y ambición, la envolvió por un segundo, recordándole las promesas que él le había hecho bajo la lluvia.
«Construiré un imperio para ti», le había dicho.
Él había cumplido. Había construido su imperio.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí.