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Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí. romance Capítulo 417

CAPÍTULO 6

Augusto de la Vega y Carlos cruzaron el umbral con una confianza que el dinero de sangre y esfuerzo les había otorgado. El mismo portero que tres años atrás los habría mirado con asco, ahora se inclinó casi hasta el suelo.

— Bienvenidos, caballeros. Es un honor tenerlos en el salón privado —murmuró el hombre, entregándoles las tarjetas de socios.

Augusto ni siquiera lo miró. Todo era como lo recordaba: el tintineo hipnótico de las fichas, el murmullo de las apuestas y la falsa cortesía de los perdedores.

— Vaya cambio de panorama —susurró Carlos, ajustándose el reloj de pulsera— La última vez que estuvimos aquí, casi terminamos en el calabozo. Ahora parece que nos van a poner una alfombra roja.

— El mundo es de los que tienen el bolsillo lleno, Carlos —respondió Augusto con voz plana— La moral es un lujo que la gente como nosotros aprendió a no permitirse.

Se detuvieron cerca de la mesa de bacará de altas apuestas. De repente, una carcajada estruendosa cortó el aire, una risa cargada de suficiencia y alcohol. Augusto se tensó de inmediato. Sus ojos, oscuros y penetrantes, apuntaron directamente hacia un hombre que se encontraba en el centro de un círculo de admiradores.

Era Enrique Saldívar.

Estaba sentado con la camisa ligeramente desabrochada, una copa de coñac en una mano y una pila de fichas frente a él que representaba el salario anual de una familia obrera. Pero lo que más llamó la atención de Augusto no fue el dinero, sino las tres mujeres que lo rodeaban. Una de ellas, una joven con un vestido de lentejuelas demasiado corto para la etiqueta del lugar, reía mientras le susurraba algo al oído y acariciaba su hombro con una familiaridad descarada. Enrique le respondió con un beso rápido en la mejilla antes de lanzar una apuesta temeraria sobre la mesa.

— A tu socio le va espectacular —comentó Carlos, entornando los ojos— No se ve precisamente como un hombre casado que extraña a su esposa en casa.

Augusto sintió que la bilis le subía por la garganta.

— No me importa su vida privada —mintió Augusto, apretando los puños dentro de los bolsillos de su pantalón— Lo que haga Saldívar con su tiempo y sus mujeres es asunto suyo, siempre y cuando no afecte mis inversiones y mis intereses.

— No me digas mentiras, Augusto. Te está hirviendo la sangre —replicó Carlos, dándole un suave empujón para alejarlo de la vista de la mesa— Míralo.

— Si Matilde aceptó ser la esposa de este tipo, es porque se merece la vida que él le da. Si él prefiere las luces del casino al calor de su hogar, es el precio que ella paga por sus diamantes.

Augusto hizo el ademán de retirarse. No quería cruzarme con él en ese momento. Temía su propia reacción. Sabía que si Enrique se acercaba con su arrogancia habitual, existía la posibilidad de que Augusto olvidara su plan maestro y le partiera la cara allí mismo, revelando su identidad antes de tiempo.

— Busquemos a lo que vinimos a ver —dijo Augusto, dando la espalda a la mesa de Enrique— Necesito a alguien para la cena del viernes. Una mujer que sea lo suficientemente brillante como para opacar a cualquier "esposa perfecta".

Caminaron hacia la barra de caoba, desde donde se tenía una vista privilegiada de la sala. Augusto pidió un whisky doble y empezó a escanear a las mujeres presentes. Había muchas bellezas, pero la mayoría tenían esa mirada vacía de quienes solo buscan el próximo diamante.

— Esa de rojo no está mal —sugirió Carlos, señalando a una mujer que manejaba sus fichas con una elegancia felina— Parece que sabe ganar y perder.

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