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Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí. romance Capítulo 201

Capítulo 201

CAPÍTULO 124

Cuando Alexander y Lucía cruzaron el salón principal, la escena que los recibió era imponente.

Toda la familia, absolutamente toda, estaba reunida.

Ricardo y Eleonor estaban de pie cerca de la chimenea apagada. Al ver entrar a su hijo y a su nuera, la actitud de Ricardo cambió visiblemente.

Se separó de su esposa y caminó hacia Lucía con una calidez que sorprendió a los presentes, rompiendo la formación rígida.

- Lucía, hija -dijo Ricardo, dándole un beso en la mejilla y apretando el hombro de Alexander-. Ме alegra que estén aquí. Estábamos preocupados al no saber dónde estaban.

Eleonor, aunque más reservada y pendiente de que su vestido no se arrugara, asintió con una leve sonrisa hacia Lucía, reconociendo tácitamente que la mujer que tenía enfrente había salvado la imagen pública de la familia más de una vez durante la crisis.

En el sofá central, Roberto y su esposa mantenían una postura rígida, defensiva, como si esperaran un ataque aéreo. A su lado, en sillones individuales, Rodrigo y Elisa se veían agotados. La semana de tregua laboral forzada y la convivencia obligatoria bajo la amenaza de desheredación les había consumido la vida. Elisa tenía la mirada baja, y Rodrigo se frotaba las sienes.

En las esquinas, como guardianes silenciosos de los secretos de la casa, estaban la señora Fanny, con las manos entrelazadas sobre su delantal blanco inmaculado, y Damián, con su habitual rostro de póker, controlando que la situación no se desbordara físicamente.

Alexander apretó la mano de Lucía, un gesto instintivo de estamos juntos en esto, y avanzaron hacia el salón.

Junto a ellos, pegado a la pierna de Alexander en el lado de su pierna buena, como si fuera una extensión de su propia sombra, trotaba Kai. El perro de tres patas, ajeno a la tensión aristocrática y a los protocolos de etiqueta que regían esa casa, entró con la cabeza alta, moviendo la cola y olfateando el aire cargado de perfumes costosos y tensión nerviosa.

Entonces, la puerta lateral que conectaba con el ala este se abrió y entró Matilde.

La matriarca caminó hacia el centro del salón. No vestía de negro, ni tenía el rostro demacrado de una viuda en espera, como todos temían encontrar.

- Buenas noches a todos -dijo Matilde, su voz suave pero firme resonando en el silencio-.

Gracias por esperar.1

Roberto, que había estado mirando al suelo, levantó la vista y sus ojos se clavaron inmediatamente en el intruso peludo que jadeaba junto a las zapatillas deportivas de Alexander. El tío de Alexander arrugó la nariz con un gesto de repulsión instintiva, como si acabara de ver una rata gigante paseándose por la alfombra persa de cincuenta mil dólares.

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