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Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí. romance Capítulo 152

CAPÍTULO 89

El coche se detuvo frente a la entrada principal.

Apenas el motor se apagó, Alexander se soltó el cinturón de seguridad con movimientos bruscos.

— Voy al gimnasio —anunció, sin mirarla a los ojos—. Necesito sacar la tensión del día.

Lucía lo observó un segundo. Sabía que no era tensión laboral.

— Está bien —dijo ella suavemente

Alexander asintió brevemente y salió del coche, caminando a zancadas largas hacia el acceso lateral que daba a la zona deportiva, dejándola sola en el vestíbulo principal.

Lucía suspiró, acomodándose el bolso en el hombro, y entró a la casa. Esperaba poder subir directamente a su habitación, quitarse el vestido que llevaba desde la noche anterior y llamar a Alina, pero el destino tenía otros planes.

Matilde y Elisa estaban sentadas en los sofás de brocado, con juegos de té de plata y varias carpetas abiertas sobre la mesa baja.

Al verla entrar, Matilde levantó la mano y le hizo un gesto cariñoso.

— Querida, ven, acércate. Justo estábamos hablando de ti.

Lucía reprimió el impulso de decir que estaba agotada.

— Buenas noches —saludó Lucía, acercándose con una sonrisa educada.

Elisa la miró de arriba abajo, evaluando su traje de ejecutiva con una mezcla de envidia y desdén, pero mantuvo la sonrisa protocolar.

— Hola, Lucía. Vemos que la vida de magnate te mantiene ocupada.

— Siéntate un momento, hija —pidió Matilde, palmeando el lugar vacío a su lado—. Tenemos que cerrar algunos temas pendientes sobre la Fundación. Sé que Augusto, en su entusiasmo, y yo misma, queríamos que fueras la Directora General de la Fundación de la Vega. Lo anunciamos con bombos y platillos.

Lucía se sentó, tensándose ligeramente. Recordaba la mirada de odio de Elisa cuando eso sucedió.

— Sí, lo recuerdo.

— Pero lo he estado pensando —continuó Matilde, con su tono maternal y conciliador—. Ahora eres la Presidenta de toda la corporación, Lucía. Tienes sobre tus hombros la fusión con la naviera, el trato con los japoneses, la auditoría... Es mucho trabajo para una sola persona, incluso para alguien tan capaz como tú. No queremos que te agobies.

Matilde buscaba, con su delicadeza habitual, explicar la situación de por qué, al final, no habían formalizado el traspaso del cargo de la Fundación. Quería proteger a Lucía, pero también quería mantener la paz doméstica con Elisa.

Lo cierto es que, para Lucía, aquello no era una mala noticia. Era un alivio. Ya tenía dos trabajos de tiempo completo —la clínica y la empresa— y estaba a punto de convertirse en madre de dos niños. No necesitaba más títulos ni más responsabilidades.

— Tienes razón, Matilde —dijo Lucía, facilitándole las cosas a la anciana—. La presidencia de VegaCorp me está consumiendo mucho tiempo de aprendizaje.

Elisa soltó el aire que contenía, y sus hombros se relajaron visiblemente.

— Es mejor así —intervino la cuñada rápidamente—. Yo he trabajado en eso desde hace años, sé cómo hacerlo. Conozco a los proveedores, a los donantes, la logística de los eventos... Sería un caos hacer un traspaso ahora, justo antes de la temporada alta.

— Claro que sí —dijo Lucía, mirándola a los ojos—. Nadie duda de tu experiencia, Elisa.

— Entonces estamos de acuerdo —dijo Matilde, satisfecha por haber evitado una guerra civil—. Elisa seguirá como Directora Ejecutiva, y tú, Lucía, tendrás el cargo de Presidenta Honoraria junto conmigo. Podrás vetar proyectos o proponer nuevos, pero el trabajo diario será de Elisa.

— Me parece justo —aceptó Lucía.

— Hablando de la temporada alta... —dijo Elisa, abriendo una de las carpetas—. Estamos muy cerca de nuestra cena anual para recaudar fondos. Es el evento más importante del calendario social. Y, por supuesto, nos gustaría que Alexander y tú participaran.

Nuestro precio es solo 1/4 del de otros proveedores

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