Capítulo 164
CAPÍTULO 98
Lucía bajó del coche sintiendo el peso del día en sus hombros, pero también una extraña electricidad que la mantenía despierta.
Empujó la puerta de entrada justo cuando Luis estaba saliendo, con la mochila al hombro y las llaves en la mano, listo para cerrar.
El veterinario se detuvo en el umbral, sorprendido y visiblemente complacido al verla.
- Vaya -dijo Luis, con una sonrisa que le iluminó el rostro cansado-. Hoy te vi dos veces en el día.
Primero en la mañana y ahora para el cierre. Es una buena señal, Lu. Estás volviendo.
Lucía notó la esperanza en su voz, esa ilusión.
Sintió una punzada de culpa, pero no podía alimentarle esa fantasía. Su vida había cambiado, y ella también.
- Buenas noches, Luis -respondió ella, con uu tono amable pero que marcaba una distancia clara.
No le dio explicaciones, no le prometió volver mañana. Solo un saludo de despedida.
La sonrisa de Luis vaciló un poco, pero asintió.
- Buenas noches. Descansa.
Él salió y Lucía entró, cerrando el pestillo tras de sí.
El interior de la clínica estaba en calma. Solo se escuchaba el zumbido de la nevera de las vacunas y el tecleo frenético de Alina en la recepción.
- ¡Llegó la jefa! -exclamó Alina sin levantar la vista de la caja registradora-.Justo a tiempo para ver cómo cuadran los números. Hoy tuvimos récord de venta de pipetas.
Lucía dejó su bolso de diseñador, un regalo de Alexander que empezaba a usar con naturalidad, sobre el mostrador y se situó al lado de su amiga.
- Déjame ayudarte a hacer el cierre -dijo Lucía, tomando los recibos de las tarjetas.
- No es necesario, señora Presidenta -bromeó Alina, dándole un empujón cariñoso con la cadera -. Pero ya que estás aquí...hablemos de lo importante.
Lucía siguió contando los tickets, intentando parecer concentrada.
- Lo importante es que las cuentas salgan bien, Alina.
- No, eso es aburrido. Lo importante es el chisme.
-Alina se giró en su silla giratoria y la miró con ojos de águila-. Te vi llegar. Te vi despedir a Luis con esa frialdad diplomática. Y te veo ahora, con esa sonrisita tonta que intentas esconder mordiéndote el labio.
Lucía se tocó el labio inconscientemente.
- No tengo ninguna sonrisita.
- Sí la tienes. Así que desembucha. -Alina se cruzó de brazos-. Estoy muy curiosa de saber en qué estado se encuentra la caza.
- ¿La caza?
- Sí, la caza del León De la Vega. ¿Ya cayó en la trampa? ¿Ya está domado? ¿O sigue rugiendo y durmiendo en el sofá?
Lucía suspiró, dejando los papeles sobre la mesa.
Sabía que no podía engañar a Alina. Ellas habían compartido cuarto, ropa y secretos desde que tenían uso de razón.
- Alina, por favor -intentó desviar el tema-.
Estoy concentrada en Mateo y Sofía. Eso es lo único que importa ahora. El fin de semana se acerca y tengo que tener todo listo para su primera pernocta.
- Ajá. Claro. Los niños son la prioridad, lo sé. Eres la Madre Teresa con tacones. -Alina rodó los ojos -. Pero admítelo, Lucía: es mejor hacerlo con un papasito a tu lado. Y no me digas que Alexander no ha sumado puntos con todo esto de la adopción.
Lucía se apoyó contra el mostrador, rindiéndose a la evidencia. La imagen de Alexander en el restaurante italiano, brindando con ella, y luego en la oficina defendiéndola de Rodrigo, inundó su mente.
- No lo sé -confesó, bajando la voz como si fuera un secreto de estado-. Sí, estoy... ilusionada.
- ¡Eso ya lo sé! -celebró Alina-.¿Ilusionada nivel "me cae bien" o ilusionada nivel "mariposas en el estómago"?
-Nivel... creo que podemos ser una familia - admitió Lucía-. Y este finde seremos una familia.
O al menos, vamos a intentarlo.
Alina la miró con atención, captando el matiz.
no puedes presentarme a algún amigo de ese hombre.
Lucía se rió.
- ¿Tú? Pero si tienes a Carlos.
- Carlos es lindo, pero es mecánico y se olvida de mi cumpleaños. Tú ya tienes uno de los buenos, ahora ocupo uno para mí. Un amigo de Alexander.
Seguro tiene amigos guapos, ricos y de sangre pura.
Lucía se quedó pensando. Repasó mentalmente las conversaciones con Alexander, los eventos, las llamadas.
- Sabes... -dijo Lucía, frunciendo el ceño-.
Ahora que lo dices... nunca me ha presentado a ningún amigo.
- ¿En serio? -preguntó Alina-. ¿Ni uno? ¿Un socio? ¿Un compañero de algo?
- No sé si ese hombre tiene amigos, Alina.
- Qué raro -comentó Alina-. Algo tiene que tener. Nadie es una isla, ni siquiera los millonarios.
- Quizás su vida era más solitaria de lo que pensamos -reflexionó Lucía, sintiendo una nueva ola de ternura hacia su esposo-. Quizás por eso se aferra tanto al trabajo. Era lo único que tenía.
- Bueno, pues ahora te tiene a ti. Y a los mellizos.
-Alina cerró la caja registradora con un clinc definitivo-. Va a tener que aprender a compartir sus juguetes.
Lucía miró el reloj. Eran casi las nueve. Alexander la estaría esperando para cenar. La simple idea de verlo, de estar con él en ese espacio íntimo, le provocaba una ansiedad dulce en el estómago.
- Cerremos esta caja, Alina -dijo Lucía, tomando su bolso-. Me tengo que ir.
Alina la miró con una sonrisa burlona mientras apagaba las luces de la recepción.
- Ya me di cuenta. Estás que te mueres por volver junto a papasito.
- No le digas así -rió Lucía, abriendo la puerta.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí.