Capitulo 165
CAPÍTULO 99
Fernando Castillo caminaba por él con un maletín de cuero apretado contra su pecho, como si llevara explosivos en lugar de documentos.
Dentro del maletín, Fernando tenía su vida empaquetada en folios tamaño oficio. Tenía los borradores finales de la fusión naviera, sí, pero debajo de ellos, ocultos como un secreto vergonzoso, estaban los papeles que llevaba semanas preparando con un abogado externo, a espaldas de los Navarro: su demanda de divorcio. Y, en un acto de delirio esperanzado, también llevaba los pasaportes para Lucía.
Fernando se detuvo en una esquina estratégica, fingiendo revisar unos mensajes en su celular, pero sus ojos estaban fijos en la puerta doble de caoba del despacho presidencial. Sabía que Lucía estaba ahí. Siempre estaba ahí. Pero el problema era el perro guardián. Alexander De la Vega se había convertido en una presencia constante, un muro impenetrable alrededor de ella.
La puerta se abrió y Alexander salió. Llevaba el teléfono pegado a la oreja y parecía molesto, discutiendo algo sobre unos aranceles portuarios.
Caminó hacia los ascensores, alejándose del despacho.
Era su oportunidad.
No lo pensó dos veces. Cruzó el pasillo a zancadas, ignorando a la secretaria de Lucía que intentó levantarse para detenerlo.
- Señor Castillo, no tiene cita...
- Solo es una firma.
Fernando abrió la puerta del despacho y entró, cerrándola tras de sí con rapidez para evitar interrupciones. El sonido del pestillo le dio una falsa sensación de seguridad.
Lucía estaba sentada tras el escritorio, revisando unos planos arquitectónicos -probablemente para alguna reforma en el orfanato o en la clínica, pensó él-. Al escuchar la intrusión, levantó la vista. No hubo sorpresa en su rostro, solo una resignación cansada al ver quién era.
- Ya entraste, Fernando -dijo ella, dejando el lápiz sobre los planos y recostándose en su silla ejecutiva. Su tono era el de quien trata con un vendedor inoportuno-. Dime en qué te puedo ayudar. Si son los contratos de la naviera, déjalos en la bandeja de entrada.
Fernando se acercó al escritorio, pero no dejó los papeles. Se quedó de pie, aferrándose al maletín.
- No es algo de la empresa, Lucía. -Su voz salió más ronca de lo que pretendía-. No vengo como el Director Legal.
Lucía suspiró, mirando el reloj en su muñecа.
- Fernando, estamos en horario laboral. En mi oficina. Si no es de la empresa, no tengo tiempo.
- Solo quiero saber... -Fernando vaciló, buscando el valor-.Solo quiero saber cómo te está yendo en este matrimonio. De verdad.
Lucía frunció el ceño.
-¿Perdón?
- Sé que no es algo real, Lucía. -Fernando dio un paso más, bajando la voz a un susurro conspirativo -. Todo el mundo lo sabe, o lo sospecha. Rodrigo y Roberto tienen copias del contrato prenupcial.
Saben que se casaron por conveniencia, que viven vidas separadas. Sé que no eres feliz. No puedes serlo con un hombre como él, tan frío, tan calculador.
Lucía lo miró fijamente. Hubo un tiempo, hacía años, en que la opinión de Fernando era su brújula.
Ahora, le parecía patético que él creyera saber algo de su vida.
- Estoy bien, Fernando -respondió con una calma que lo desarmó-. Estoy muy bien. Y no quiero hablar de mi vida privada contigo. Mis acuerdos matrimoniales, reales o no, son problema mío.
- Pero son un problema para tu felicidad -insistió él-. Te conozco, Lucía. Sé que tú necesitas amor, no dinero. Necesitas a alguien que te entienda, que conozca tu pasado, que sepa de dónde vienes.
Alexander nunca entenderá lo que es pasar hambre o frío. Yo sí.
Fernando dejó el maletín sobre una silla y se acercó al borde del escritorio, invadiendo su espacio visual.
- Lucía... - dijo, mirándola con una intensidad desesperada-. ¿Estarías dispuesta a comenzar de nuevo conmigo?
La pregunta quedó flotando en el aire acondicionado de la oficina.
Lucía parpadeó, incrédula ante la audacia.
- ¿Qué? -preguntó, no porque no hubiera oído, sino porque no podía creer lo que escuchaba.
- Comenzar de nuevo -repitió él-. Tú y yo.
Como debió ser siempre. Sé que cometí el peor error de mi vida hace diez años, pero he pagado por ello.
He vivido un infierno con Victoria.
- Fernando... - Lucía se puso de pie, apoyando las manos en el escritorio-. Sos un hombre casado. Y yo soy una mujer casada.


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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí.