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Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí. romance Capítulo 182

Capítulo 182

CAPÍTULO 113

Alexander De la Vega, estaba sentado en una silla de plástico dentro de una de las oficinas de la secretaria de Infancia y Familia esperando a la señora Miranda.

A su lado, el doctor Larrea revisaba unos papeles con una calma que a Alexander le resultaba irritante.

- Tranquilo, Alexander -susurró el abogado, notando cómo la pierna de su cliente rebotaba nerviosamente-. El hecho de que haya aceptado recibirnos fuera de agenda es una buena señal.

Normalmente, después de un informe preliminar negativo, cierran la puerta por seis meses.

- No tengo seis meses, Larrea. Mi esposa no me va a perdonar en seis meses. Necesito arreglar esto hoy.

La puerta de la oficina se abrió. Una secretaria asomó la cabeza.

- La licenciada Miranda los recibirá ahora.

Alexander se puso de pie de un salto.

- Señor De la Vega. Doctor Larrea -saludó ella, sin sonreír, indicándoles las sillas vacías-.

Siéntense.

- Gracias por recibirnos, licenciada -empezó Larrea con su tono diplomático-. Sabemos que su tiempo es valioso.

- Lo es. Y seré franca con ustedes: esto no es habitual, señor De la Vega. Normalmente, cuando presencio una escena de violencia verbal, acusaciones de fraude y una ruptura familiar pública en el entorno de unos posibles adoptantes, cierro el caso.-Miranda se quitó las gafas y lo miró a los ojos-. Su abogado insistió mucho.

Alexander se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas, abandonando la postura de poder para adoptar una de súplica honesta.

- Le pedí que insistiera porque cometí un error, señora Miranda. Mi familia cometió un error. Pero Mateo y Sofía no tienen la culpa de nuestros desastres.

La asistente social suspiró, recostándose en su silla.

- La señora Lucía también está insistiendo - reveló ella, suavizando un poco el tono-. Me ha enviado un plan detallado de convivencia, informes de su psicólogo y cartas de recomendación del colegio. Y eso me hace ver que realmente quieren que suceda esta adopción.

Ambos. Aunque estén durmiendo en techos separados.

Alexander sintió una punzada en el pecho al escuchar el nombre de su esposa. Ella seguía luchando, sola, mientras él intentaba alcanzarla.

- Lo que vi en esa fiesta fue un caos, señor De la Vega -continuó Miranda-. Gritos, acusaciones de robo... No es el ambiente para dos niños que vienen de un trauma de abandono. Necesitan paz, no una guerra civil.

- Lo sé -admitió Alexander-. Y me avergüenzo de lo que vio. Mi familia... los De la Vega somos intensos. Tenemos defectos. Muchos. Pero le aseguro que lo que vio fue el final de una etapa, no el comienzo.

Alexander la miró con firmeza.

- En todas las familias existen discrepancias, discusiones. A veces se grita. A veces se dicen cosas que no se sienten. No hay familias perfectas, licenciada Miranda. Y si usted busca perfección, no la va a encontrar ni en mi mansión ni en ninguna casa de esta ciudad. Pero si busca compromiso... eso sí se lo puedo dar.

Miranda lo evaluó en silencio durante un largo minuto. Vio algo en los ojos del magnate que no había visto la noche de la gala: humildad.

- Estamos de acuerdo en que la perfección no existe -concedió ella-. Pero la seguridad emocional sí es un requisito. La mansión... ese lugar está cargado de conflicto. Mientras vivan allí con sus primos y sus tíos, no aprobaré la convivencia.

- Nos mudaremos de casa -dijo Alexander rápidamente-. Esa decisión ya está tomada.

Tengo un apartamento en el centro, un ático amplio. O podemos buscar una casa nueva. Donde Lucía quiera. Pero la mansión ya no es nuestro hogar.

Una pequeña sonrisa, casi imperceptible, curvó los labios de la asistente social.

- Eso mismo me ha dicho la señora Flores en su correo de esta mañana.

Se detuvVO.

El sonido venía de un callejón estrecho entre dos edificios administrativos. Era un lugar sucio, lleno de contenedores de basura y cajas de cartón viejas.

En otros tiempos, el antiguo Alexander De la Vega no le hubiera dado importancia. Habría seguido caminando. Pero ese Alexander ya no existía.

Se acercó al callejón. Detrás de un contenedor verde, hecho un ovillo sobre unos periódicos húmedos, había un perro. Era un animal mediano, de pelaje color miel, sucio y enmarañado.

El perro levantó la cabeza al verlo y emitió otro gemido, débil y temeroso.

Alexander se agachó - Hola, amigo... -susurró.

El animal intentó levantarse para alejarse, arrastrándose, y fue entonces cuando Alexander lo vio. El perro cojeaba de una manera terrible. Le faltaba una pata trasera, probablemente de nacimiento o por un accidente antiguo mal curado, y la pata delantera estaba en carne viva, infectada.

Ese animalito lo necesitaba. Estaba solo, roto y asustado.

El perro lo miró con ojos grandes, marrones y suplicantes. No había agresividad, solo resignación.

Alexander no lo pensó dos veces. Se quitó el saco del traje y lo extendió sobre el suelo. Con movimientos suaves, envolvió al animal, que estaba demasiado débil para resistirse.

Lo levantó en brazos. El perro pesaba poco, se le notaban las costillas, y olía mal, pero a Alexander no le importó.

- Tranquilo -le dijo al perro-. Vamos a ir al mejor lugar del mundo.

Tuvo la grandiosa idea. No iba a llamar a una veterinaria cualquiera. No iba a mandarlo con un asistente.

Lo llevaría a su veterinaria de confianza.

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