CAPÍTULO 60
Carlos observó a Clara mientras ella reía de una anécdota sobre sus días en el extranjero. Era una risa que le devolvía la fe en un mundo que no estuviera hecho solo de contratos y traiciones. Augusto tenía razón: Clara era amiga de Elena, pero Carlos se negaba a creer que aquel brillo en sus ojos fuera una actuación.
— Clara —dijo Carlos de repente, interrumpiéndola. Su voz sonó más profunda, cargada de una seriedad que detuvo el aire entre ambos.
— ¿Qué pasa, Carlos? Pareces haber visto un fantasma —respondió ella, suavizando la sonrisa, aunque en su interior un presentimiento la puso en alerta.
Carlos metió la mano en el bolsillo de su chaqueta y extrajo una pequeña caja de terciopelo azul. Con dedos que temblaban ligeramente, la abrió sobre el mantel blanco. Un anillo de oro con un zafiro rodeado de pequeños diamantes centelleó bajo la luz de las velas.
— He pasado años siendo la sombra de otro hombre, Clara. He vivido para los sueños de Augusto, para sus venganzas y para su imperio. Pero esta noche, frente a ti, me he dado cuenta de que yo también quiero tener algo propio. Quiero una vida que sea mía, que sea nuestra. Clara, no soy un hombre millonario, pero soy un hombre que te ama y siempre me quedaré a tu lado. ¿Quieres casarte conmigo?
Clara se quedó petrificada. El aire se le escapó de los pulmones. En su mente, las palabras de Elena resonaban como una maldición: "Sácale toda la información que puedas... ¿a quién le eres más leal?". Pero al mirar a Carlos, al ver la vulnerabilidad en ese hombre que siempre se mostraba como un muro inexpugnable, el corazón le dio un vuelco violento. Por primera vez en su vida, alguien le ofrecía un hogar, un hogar por amor.
— Sí —susurró ella, y luego lo repitió con más fuerza, como si quisiera convencerse a sí misma de que merecía esa felicidad— Sí, Carlos. Sin dudarlo, digo que sí.
Carlos soltó un suspiro de alivio que pareció quitarle años de encima. Le deslizó el anillo en el dedo anular y se inclinó sobre la mesa para besarla. Fue un beso cargado de promesas, uno que Clara recibió con los ojos cerrados, tratando de ignorar la punzada de culpa que le atravesaba el pecho como un estilete.
La noche continuó en una bruma de euforia. Carlos, ebrio de una alegría que nunca se había permitido, la llevó de regreso al hotel Imperial. Al cruzar el umbral del vestíbulo, el portero los saludó con una inclinación, pero Carlos ya no se sentía el "asistente". Entraron en la suite y, por primera vez, Clara compartió la habitación con él.

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