Capítulo 187
CAPÍTULO 116
Alexander acariciaba a su nuevo amigo detrás de la oreja mientras revisaba su teléfono, esperando un mensaje de Lucía que sabía que no llegaría.
Fue entonces cuando escuchó pasos lentos a sus espaldas.
Se giró y vio a su padre.
Alexander quería a su padre. Era un amor complejo, tejido con hilos de decepción y cariño distante. A pesar de que en los últimos años no estaban tan unidos, seguía siendo su padre.
- Buenos días hijo-dijo Ricardo, deteniéndose a unos metros, mirando al perro con curiosidad pero sin desagrado.
- Buenos días padre-respondió Alexander, sin levantarse.
Ricardo señaló al animal.
- Veo que tenemos un nuevo inquilino. Tu madre dice que recogiste un perro callejero. No le creí hasta ahora.
- Es un superviviente, papá. -Alexander le rascó el lomo al perro-. Se está recuperando. Como todos nosotros.
Ricardo soltó un suspiro largo y se sentó en el escalón, a una distancia prudente pero cercana.
Era la primera vez en años que se sentaban juntos sin una mesa de por medio.
- Ha sido una semana... difícil -admitió Ricardo, mirando hacia los árboles centenarios del jardín-.
Tu abuelo está mejor, pero el médico dice que no debe alterarse.
- Lo sé. Por eso me estoy encargando de todo el desastre legal que dejaron Roberto y Rodrigo. - Alexander miró a su padre de reojo-. Padre...
¿cómo te está yendo a ti con todo esto? Sé que Roberto es tu hermano, pero lo que hizo...
Ricardo se frotó las manos, incómodo.
- Ya no estoy acostumbrado al manejo de la empresa, Alexander. La verdad es que... nunca me gustó. Desde joven, sentí que ese edificio de cristal me asfixiaba. Las reuniones, las intrigas, la presión de Augusto... no era para mí.
- Lo sé. Siempre fuiste más de... libros y viajes.- Sí. Por eso siempre estuve de acuerdo en que Roberto se quedara a cargo de todo en su momento, o que peleara por ello. Él tenía el hambre. Yo solo quería la paz. -Ricardo miró a su hijo con una honestidad triste-. Pensé que si me hacía a un lado, evitaría el conflicto. Pensé que Roberto cuidaría el legado. Me equivoqué.
- Lo sé, padre -dijo Alexander, y su voz no tenía reproche, solo una constatación de hechos-. Pero también es tu responsabilidad. Lo dejaste en mis manos hace mucho tiempo. Cuando el abuelo enfermó, tú podrías haber tomado el timón. Pero te fuiste a Europa y me dejaste solo. Tenía veintidós años.
Ricardo bajó la cabeza, aceptando el golpe.
- Sí, quizás. Fui un cobarde, hijo. O quizás fui simplemente egoísta. Te vi tan capaz, tan brillante, tan parecido a tu abuelo... Me dije a mi mismo que no me necesitabas. Que eras fuerte.
- Nadie es tan fuerte como para no necesitar a padre -murmuró Alexander, y las palabras le dolieron al salir porque le recordaron a Mateo.
Ricardo se giró para mirarlo. Había una tristeza profunda en sus ojos.
- Como siempre demostraste poder con todo, Alexander... asumí que estabas bien. Sabía que quedaba en buenas manos mi parte de la empresa. Nunca dudé de ti. Pero... me olvidé de que el gerente también era mi hijo.
Alexander sintió un nudo en la garganta. Era la disculpa que había esperado durante una década.
No cambiaba el pasado, no borraba las noches de soledad estudiando balances mientras sus padres esquiaban, pero aliviaba un poco el peso.
- Está bien, papá. Lo hecho, hecho está. La empresa está a salvo. Lucía y yo nos encargaremos.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí.