Capítulo 189
- Es probable. Lo heriste en su orgullo de hombre, que es la parte más frágil de Rodrigo. Saber que su mujer le robaba porque lo consideraba un inútil es un golpe difícil de perdonar.
- No quiero perderlo -sollozó Elisa, rompiéndose finalmente-. No quiero perder a mi familia. Sé que he sido frívola... pero amo a mis hijos. Y, a mi manera retorcida, quiero a Rodrigo. Hemos estado juntos desde la universidad. No sé ser otra cosa que su esposa. No quiero que mis hijos crezcan en dos casas, como los hijos de Roberto.
Matilde la observó. Vio a la mujer asustada detrás de la máscara de alta costura. Le recordó, vagamente, a sí misma hacía muchas décadas, cuando el miedo a perderlo todo la hacía cometer errores.
- Escúchame bien, Elisa -dijo Matilde, tomando las manos de su nuera política entre las suyas, que eran arrugadas y fuertes-. Llevo cuarenta y cinco años casada con Augusto. Cuarenta y cinco años.
La gente ve las fotos de las galas y piensa que ha sido un cuento de hadas. Piensan que siempre fuimos los "patriarcas perfectos".
Matilde negó con la cabeza, con una sonrisa melancólica.
- No tienen ni idea. Hemos tenido altas y bajas que hubieran destruido a cualquiera. Augusto fue un hombre difícil. Obsesivo con el trabajo, terco, a veces ausente. Hubo años en los que dormíamos en habitaciones separadas. Hubo crisis financieras donde no sabíamos si perderíamos la casa. Hubo momentos en los que hice las maletas mentalmente mil veces.
Elisa la escuchaba, fascinada. Nunca había imaginado grietas en el matrimonio de sus suegros.
- Pero siempre nos hemos mantenido juntos - continuó Matilde-. En las buenas, es fácil.
Cualquiera se queda cuando hay champán y éxito.
Pero el verdadero matrimonio se prueba en las malas. En la enfermedad, en la quiebra, en la vergüenza.
Matilde apretó las manos de Elisa.
- El matrimonio es como un viaje largo en tren, Elisa. A veces el paisaje es hermoso, lleno de sol y flores. Pero a veces, el tren entra en un túnel. Todo se vuelve oscuro, hay ruido, hay miedo, no ves la salida. Y es ahí, en la oscuridad, donde tienes que tomar la decisión.
-¿Qué decisión?
- La decisión de bajarte del tren o seguir peleando juntos hasta ver la luz de nuevo. - Matilde la miró con intensidad- - Él me odia -repitió Elisa.
- Él está dolido. Y el dolor se parece mucho al odio, pero no es lo mismo. -Matilde le soltó las manos-. Tienes dos opciones, niña. Puedes bajarte del tren. Puedes firmar el divorcio, tomar lo poco que te quede después de devolver lo robado y empezar una vida sola, lejos de aquí. Nadie te culparía. Sería lo fácil.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí.