Capítulo 190
CAPÍTULO 118
Alexander abrió la puerta del pasajero de su camioneta SUV y extendió una manta de lana gruesa sobre el asiento de cuero.
- Vamos, amigo -murmuró, agachándose para levantar al perro.
El animal, que aún cojeaba y la falta de su pata trasera le daba un andar peculiar, a saltos, pero sus ojos ya no tenían el brillo opaco del miedo callejero. Ahora brillaban con la seguridad de saberse querido.
Alexander lo acomodó en el asiento, asegurándose de que estuviera cómodo.
- Hoy te toca curación de día -le explicó al perro mientras rodeaba el vehículo para subir al asiento del conductor-. No te preocupes, no lo haré yo.
Mis habilidades con las gasas siguen siendpo lamentables. Lo va a realizar la experta.
Arrancó el motor y condujo hacia el barrio la clínica veterinaria Flores. El trayecto se había convertido en su momento favorito del día.
Al llegar, Alexander estacionó en el mismo lugar de siempre. Bajó al perro con cuidado y caminaron hacia la entrada. El animal, reconociendo el lugar tiró de la correa con impaciencia.
La campanilla de la puerta sonó.
Alexander entró, preparado para encontrarse con la mirada escrutadora de Alina o la hostilidad silenciosa de Luis. Pero esta vez, el destino jugó a su favor.
Detrás del mostrador estaba Lucía.
Llevaba el cabello recogido en una coleta alta que dejaba ver su cuello, y su bata blanca estaba impecable. Al escuchar la puerta, levantó la vista.
Sus ojos verdes se encontraron con los grises de Alexander y, por un segundo, el tiempo pareció detenerse en la recepción.
- Alexander... -dijo ella, enderezándose-.
Volviste.
- Sí -respondió él, soltando un poco la correa-.
Le toca curación a nuestro amigo. Y sabes que soy un hombre de rutinas.
El perro, al reconocer la voz y el olor de Lucía, soltó un ladrido alegre y, olvidándose de su cojera, corrió hacia ella arrastrandoa Alexander un par de pasos. Intentó saltar hacia el mostrador, moviendo todo el cuerpo de felicidad.
Lucía sonrió, una sonrisa genuina que iluminó la habitación, y salió de detrás del mostrador para agacharse y recibirlo.
- ¡Hola, guapo! -exclamó, dejándose lamer la cara por el animal-. ¡Qué energía tienes hoy! Se ve que te están cuidando muy bien.
Alexander observó la escena con una mezcla de ternura y envidia.
- Hacemos lo que podemos -dijo él, metiendo las manos en los bolsillos.
En ese momento, la puerta del consultorio se abrió y salió Camila - ¡Buenas tardes, señor De la Vega! -saludó con entusiasmo-. Veo que trae al paciente estrella.
Vamos, páselo por aquí. Ya tengo todo listo para el cambio de vendaje.
Lucía le entregó la correa a Camila.
Lucía frunció el ceño.
- ¿Por qué no? Si yo renuncié... el puesto vacante es tuyo por derecho y por capacidad. Eres el mejor para ese puesto, Alexander. Siempre lo has sido.
Nadie conoce VegaCorp como tú.
- Tal vez-concedió él-. Pero después de lo que pasó... después de ver cómo mi ambición y mi ceguera contribuyeron aque mi familia se destruyera y a que tú te fueras... no me sentí con el derecho de sentarme ahí todavía. Necesito arreglar cosas antes de volvera mandar.
-¿Entonces quién está a cargo? -preguntó Lucía, intrigada-. No me digas que Rodrigo.
- No. Rodrigo está de licencia indefinida mientras sus abogados intentan explicar sus desfalcos.- Alexander sonrió levemente-. Ahora está mi padre.
- ¿Ricardo? -Lucía abrió los ojos desmesuradamente-. ¿Tu padre salió de su retiro?
- Sí. El abuelo se lo pidió, y él aceptó. Dice que es temporal, una regencia hasta que las aguas se calmen. Está haciendo un buen trabajo. Es más diplomático que yo. Y eso me da tiempo.
-¿Tiempo para qué?
- Para esto -dijo Alexander, señalando el espacio entre ellos-. Para venir a la clínica. Para pasear al perro.
Lucía sintió que el corazón se le aceleraba.
Alexander estaba cambiando. Estaba priorizando.
- Bueno... me alegra que Ricardo esté ahí. Le hará bien sentirse útil.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí.