Capítulo 19
CAPÍTULO 12
Alexander cruzó el umbral principal sintiendo el peso del día sobre sus hombros. Se había pasado la tarde en su oficina en la torre VegaCorр, esquivando llamadas de la junta directiva у delegando la organización de la gala a su madre, pero su mente no había estado en los negocios. Su mente había estado atrapada en un bucle constante de preguntas sobre la mujer que ahora ocupaba su habitación.
Apenas puso un pie en el vestíbulo, la señora Fanny apareció, no con la bandeja de plata habitual, sino con las manos en las caderas y una expresión de reproche maternal.
- Niño Alex -dijo ella, usando el apodo que solo se permitía cuando no había visitas-. ¿Se puede saber en qué estabas pensando?
Alexander parpadeó, deteniéndose al pie de la escalera.
- Buenas noches para ti también, Fanny. ¿A qué te refieres?
-A esa muchacha. A tu esposa. -Fanny negó con la cabeza, aunque sus ojos brillaban-. Diez años, Alexander. Diez años me tuviste creyendo que estabas casado con una mujer fría o invisible, y resulta que tenías escondida a un ángel.
- No exageres, Fanny. Solo hizo un budín.
- No es el budín. Es la luz. -Fanny se acercó y le acomodó la solapa del saco, un gesto antiguo de cariño-. Hizo que tu abuelo se riera. Hizo que la señora Matilde comiera con apetito. Todos en esta casa están encantados con ella, hasta los jardineros dicen que saludó al entrar. ¿Por qué tardaste tanto en traerla a casa?
Alexander sintió una punzada de incomodidad.
- Las circunstancias eran complicadas, Fanny. Lo sabes.
- Complicadas... -resopló ella-. Lo que eres es un tonto, mi niño. Pero bueno, ya está aquí.
Cuídala. No dejes que tu tío Roberto o ese primo tuyo la espanten. Esa niña vale oro.
Fanny le dio una palmadita en el brazo y se retiró hacia la cocina, dejándolo con la palabra en la boca.
Alexander suspiró. Al parecer, Lucía había conquistado el territorio doméstico en tiempo récord.
Subió las escaleras intentando ser sigiloso. Sabía que sus padres y sus tíos estaban en el salón azul, probablemente bebiendo jerez y debatiendo sobre la gala de mañana. Todos querían hablar con él, interrogarlo, buscar grietas en su historia. Pero Alexander no tenía paciencia para juegos políticos esa noche. No quería ver a nadie.
O al menos, a nadie que quisiera algo de él.
Sus pies lo llevaron instintivamente hacia el ala principal, a la habitación de sus abuelos.
Necesitaba ver con sus propios ojos el "milagro" del que todos hablaban.
Tocó la puerta de caoba suavemente, con los nudillos.
-¿Si?-respondió una voz suave desde el interior.
Alexander abrió la puerta. La habitación estaba en penumbras, iluminada solo por una lámpara de lectura junto al sillón donde su abuela, Matilde, estaba sentada con un libro en el regazo. Augusto dormía en la cama, respirando con un ritmо profundo y tranquilo que Alexander no había escuchado en años.
- Abuela -susurró él, entrando y cerrando la puerta con cuidado.


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Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Tú la elegiste a ella, él me eligió a mí.